Sueños Truncos: El Licencia’o de la familia (Cuento)

Sueños Truncos: El Licencia’o de la familia

Dr. Juan R. Mejías Ortiz

            Los sueños de esperanza y la caridad se truncan con la indiferencia de los ensimismados transeúntes. Silente, enigmático. Pintoresco personaje, general de grandes batallas. El viento, la lluvia, el sol, los días feriados y hasta los domingos, para el no hay escapatoria; el trabajo es su deber. Su autoridad incide en la vida de quienes por él transitan. Altivo y predecible. A veces rojo, en otras ocasiones amarillo y para pesar de los conductores, casi nunca verde. Unos para el pueblo, otros “pa’l Mall”; para la mayoría sólo una parada más en su camino. El semáforo de la intersección del barrio mío. Aburrido e impertinente. Se jacta con gran burla al detener abruptamente el viaje de quienes con él nunca conversan. Amigo de nadie, injuriado por muchos.

            Guarda silente los trazos frústrales de quienes viven a sus pies. Los olvidados del barrio mío. Los invisibles. Flores marchitadas por el yugo del desprecio. Los leprosos de este siglo, quienes se conforman con una peseta o hasta un vellón. ¡Sí esos, los otros; los que no existen! Los que no alcanzarán condecoraciones por sus hazañas ni lucirán su frac en un cóctel del pueblo. ¡Aquellos, los otros; los de la esperanza rota y la fe marchita! Hombres y mujeres de lento caminar cuya tara emocional taladra la esencia de su ser. Gentes del barrio mío, hijos cautivos del desprecio, los de sueños truncos. Cacharro de niño que no sirve sino para patear. Y qué de su futuro, le pregunté una vez a uno de ellos. Rompiendo su acostumbrado silencio me contestó:

–«Ay míster», mirándome con rostro maltrecho por el sol y la lluvia continuó.

–«Hoy es mi futuro… » Prosiguiendo con su labor me obsequio con una tímida sonrisa que resultó una larga respuesta para una sola peseta.

       Futuro, estrella fugaz que abandonas a los otros y a las otras del barrio mío. Pensar en el futuro no es posibilidad, para ellos el llegar a la noche es solaz incertidumbre. ¡Si los deambulantes y las deambulantes, los de la luz! Aquellos desconocidos cuyas historias desaparecen tan pronto irrumpe descortésmente el anhelado verde. ¡Los amigos de la calle, que no alcanzaran el estrechón de manos de los políticos, ni serán recibidos en el dispensario del médico del pueblo y muchos menos será invitados a las mesas de las casas! Bien lo dice el rótulo del negocio más cercano: “…No se aceptan animales,… ni deambulantes…”.

         Carlos, uno de tantos. Joven de sueños truncos y esperanza desaparecida. Tez marcada por el sol, rostro descolorido que esconde el dolor del olvido. Corazón flagelado por quienes le miran con desdén: “títere”, “delincuente”, “tecato ponte a trabajar”, “pa’ droga lo quiere”. Cuántos epítetos que lastiman su ser como martillo que lacera al yunque. Y todas lo confunden. Con apenas 23 años ya no sabe si es o no es, quizás será mejor nunca obtener una respuesta.

        De niño, orgullo de su padre.

–«Este será el licencia‘o de la familia», anunciaba con profusa alegría la canceril figura. «Y siempre su pa’i a su la ‘o», añadió.

        Violentas imágenes opacan la figura de su padre para envilecer su ser con impetuosos tormentos como temporal nocturno. Su mente divaga entre recuerdos y frustraciones. El médico con la noticia, el raudas entierro, las citas con el psicólogo, la gente del barrio, los cuchicheos, la soledad, la ausente madre, la olvidadiza iglesia inmersa en su proyecto de construcción, el primer pinchazo,… ¡Pum, Pum! La guagua con los periódicos con violencia detiene los descoloridos recuerdos.

–«Gracias a Papá Dios», exclama débilmente mientras intenta ponerse en pie.

       De su frente gotean al piso las marcas de su torturado sueño. Por su rostro discurren silente los testigos de un insondable dolor. El sueño le torturaba cada semana, aunque le había visitado inoportunamente por dos noches corridas. Un día, el licencia‘o de la familia, al otro la muerte, al siguiente el alcohol. Después la primera picadura.

–«Maldita porquería que me traen». Resonó con gran rugido dentro de su mente. El día que enteró a su padre sepultó su vida.

–«Cuídame pa’i» Implora con vehemencia mientras un pedazo de media blanca, amarilla, o marrón, quizás hasta azul quien sabrá, hace de torniquete en su maltrecho brazo.

–«Un día voy a salir de aquí, te lo prometo pa’i».

       Una reusada aguja penetra su piel mientras solloza entre recuerdos. El aire a su alrededor se va agotando, todo se tambalea, mientras siente como por su torrente sanguíneo serpentea el áspid que le roba la vida. Un ardor penetra en los brazos contaminando su encarnecido cuerpo. Sensación funesta que recorre su ser produciendo hormigueos en las extremidades y con un fuerte rechinar de dientes se despide momentáneamente de este mundo que tan mal le trata.

         El ruido mañanero le recuerda que es tiempo de ir a la luz. Al fin también debe saludar a su único amigo. Lentamente cae en tiempo, va pasando la dosis. Un sentimiento descorazonado invade su alma.

–«No hay tiempo pa’ llorar, usted es un hombre no una marica» – resuena en su interior a la vez que estrega los envejecidos ojos con la camisa sucia que lleva puesta.

         Al ponerse de pie lo hace de forma sigilosa para no despertar a Alexis de su elíptico viaje. La casa abandonada sirve de refugio para él, Alexis y Luis, otro invisible que se allegó hace dos días al grupo. Sitio lúgubre y oscuro como sacada de una película de horror de Alfred Hitchcock sirve de refugio para los desvalidos huéspedes. No hay servicio de agua y mucho menos electricidad. Sólo el polvoriento piso y los desahuciados “mattress” que una vez le regaló la pequeña iglesia.

–«Roommate dicen los universitarios». Habla en su mente, a la vez que observa como su compañero cae abatido consecuencia del primer viaje del día.

–«Roommate». Piensa en voz alta mientras en su rostro se dibuja una endeble sonrisa. Al salir de la casa recuerda lo que le dijo ayer al pastor de la iglesia que le traía algunos alimentos:

–«la cura míster, la maldita cura,…, no lo puedo evitar la necesito,…, hoy subí la dosis».

            Su mortal medicina le hace caminar cada día de forma endeble. Aun así se dirige puntualmente a su labor. Siempre pensando si hoy será el día que descubrirá quién es. Tres veranos en las calles han sido suficientes para borrar su identidad, ya no sabe qué es. Lo único que sabe es que no es persona, que lo usan para atemorizar a los niños. ¡Quizás sea…, uno más en la vil desgracia de un país enajenado que no reconoce la crudeza en que viven los de la esperanza mutilada! Para los que miran de lejos, solo es otro vagabundo. Un drogadicto que aspira únicamente a ser Regente de las vías de la carretera, Conde de la nada, Márquez del infortunio. Quien único le brinda un poco de comprensión es el semáforo de la intersección del barrio mío cuando con alevosía detiene a los escogidos con su rojiza mirada.

            Moviendo la charrara se presta a su labor indelegable.

–«Una peseta mister», «miss pa’ comer».

Insistentemente mueve su instrumento cuya desafinada armonía le recuerda que pronto llega la próxima dosis y no hay más que $3.77.

– «Si hoy viera al pastor pa’ que me traiga unos tenis» – comenta mientras se queda pensativo como las estatuas que adornan las plazas de los pueblos.

No es para menos, los viejos calzados que trae puesto esconden los torturados pies adornados de innobles ampollas y tortuosas yagas; signos de un largo andar.

       Nuevamente su mente se esconde en donde ni el mismo conoce. Quizás sea el lugar a donde se van las mentes de quienes son de la calle. Divagan por los aires. ¿Estarán en el cielo? Pero, ¿habrá espacio allí para ellos?

       Cuando despierta de ese letargo fugaz siente una mirada que le hierre como fusil de guerra. Con sólo mirar a la mujer sabe lo que está diciendo a los demás pasajeros sin necesidad de bajar el cristal. Antes de que caiga prisionero de la pena, con profunda maternidad su amigo le socorre, ¡verde!

       Pobre muchacho, solitario del camino, enajenado social, que se rodea de muchos y todos se alejan. Mientras se alberga en la soledad, no hay quien le ayude. Están encerrados en sus dogmas, amparados en fugaces liturgias, con ardor defienden a Dios a costa del olvido de los más pequeños. Al sonar su cachara le acusan de mentir, dicen:

–«sus propósitos son otros, sabe Dios»

–«Miento», repicó con enojo.

–«Claro que miento», exclamó en voz alta.

–«Pero no mienten los otros. Seguro, miente el de la guagua verde, los del carro blanco; miente el abogado, el farmacéutico, los políticos, el cura, el pastor. Más son perdonados por no ser de acá, de la calle. Sus vestiduras los disfrazan, la mía me delata. Sus privilegios le hacen mirar al sol, a mí me toca conformarme con seguir mi sombra. Ellos son recibidos en cada altar. Yo, sin embargo, me contento con su disimulada caridad. Algún día sabrán que también somos hijos e hijas de Dios. Sí, pero del Dios de los pobres, el Padre de los deambulante, el Defensor de los tecatos. Del que tampoco es bien recibido en algunos altares»

       Sólo un fiel amigo le guarda, sólo uno le brinda su cariño; el que le recuerda que aún vive y que está ahí, el semáforo de la intersección del barrio mío. Su amistad es profunda. A él si le cuenta sus intimidades. Y él le corresponde con cariño. Cómo lo defiende, con cuánto ahínco sale en su defensa. Aunque enrojecido con las murmuraciones de la señora del Sedan actuó con gran sabiduría cuando decidió disimular el fogaje de su airada sensación para plasmar una mirada verdosa que la alejará de Carlos.

      Así pasan ambos a lo largo del día. De vez en cuando el joven levanta su desnutrido rostro para saludar a su compañero, quien después de todo se expone más a los daños del sol. Cuántos consejos sabios le ha dado y con cuánta ternura lo ha tratado. Quijotesca presencia que llena de esperanza en su rocín camino. Como fiel Sancho junto a él permanece.

–«Me recuerdas las palabras de pa’i» – le dijo una vez sobre exaltado de emoción.

–«Tú eres quien me cuidas». – añade.

Su lúgubre mirada cobró vida al recordar alguno de los consejos que le ha dado.

–«Tengo ganas de robar es más fácil que pedir» – le dijo una vez a su viejo amigo. La breve respuesta alumbró la oscuridad nocturna, ¡amarillo!

–«Tienes razón, me cogen y después pa’ dentro». Sonriendo respondió.

Otro día le replicó con insistencia.

–«Mi vida no vale na’ este demonio no me deja, mejor me doy una sobredosis y término to’»

Tras una pausa mortal su amigo le tenía un buen consejo.

–«¡Rojo!» Caviló el joven,

–«Es verdad», pensó en sí mientras continuó con su cachara.

–«Hoy vi al pastor, le pedí los tenis. Dijo que me los va a traer y me conseguirá nueva ropa. Me dijo que debo luchar y que me buscará un programa pa’ salir de aquí.» Un enérgico verde iluminó toda la intersección.

–«Gracias siempre cuento contigo, mi amigo.» Le exclamó rebosando de una momentánea alegría.

        Nunca se ha conocido tan buenos amigos. Trabajan juntos sin considerar vacaciones, feriados ni domingos. Siempre juntos, siempre silentes. Uno el grotesco personaje del camino y el otro, el invisible. ¡El que no existe! Sí al que fatigan con sus palabras de desprecio. ¡La quebradiza figura de la luz! El de la cachara que a muchos molesta.

       Un inolvidable día pasando por allí me detuvo una anárquica congestión. Las bocinas, las malas palabras, los enfurecidos rostros develaban la situación. Por vez primera, el semáforo de la intersección del barrio mío no funcionaba. Sus repentinos cambios de tonos comunicaban un desesperante estado de locura. Al mirar su frenesí, un funesto frio recorrió todo mi cuerpo. Me pareció entender lo que me decía:

–«ayúdeme pastor, ayúdeme».

       Con mi mirada procuré ansiosamente buscar al joven de la cachara. Aquel que todos marginaban pero cuyos pies mutilados me enseñó la esencia de vivir: encontrar el rostro de Dios en quienes la sociedad gasta una pesada broma. Detuve mi auto a la orilla donde tantas veces hablamos a los pies del semáforo, que hoy pierde la razón. Con desesperante ansiedad pasé lista de todos los muchachos y muchachas del olvido. Vi a Alex, a Orlando y hasta el nuevo… creo que es Luis. Pero no encontré, a un amigo. Aquel que detenía gentilmente mi viaje. El olvidado de todos, el otrora ¡licencia ‘o de la familia! El Jesús moribundo, de gotas de sangre. El muchacho de dolor profundo. Un sombrío furor se apoderó de mí, el coraje aguijonó mi alma.

–«Otro más para las estadísticas.» Vociferó uno de sus engabanados flageladores.

       El cielo quiso aliviar la locura del semáforo con unas refrescantes lloviznas. Allí, a los pies del semáforo de la intersección del barrio mío recorrieron por mi rostro los testigos de mi pena. Con tenis en mano se rasgó mi corazón. Después de todo nadie lo extrañaría. A partir de ese día nunca más le vi.

pies

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