Justificados por su Sangre

Justificados por su Sangre

Dr. Juan R. Mejías Ortiz

 10 Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. 11 Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. 12 Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.     Isaías 53:10-12

 

Introducción

          Los cielos, el clima, el mar; en fin, toda la naturaleza conjuga intenciones para delatar este Tiempo Cuaresmal. El nombre de la conmemoración cristiana, del latín quadragésima o cuadragésimo día, se emplea para marcar en el calendario litúrgico cuarenta (40) días de preparación hacia la celebración de la Pascua de Resurrección. Estos días, que se extienden desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo, constituyen una peregrinación espiritual que rememoran el fin de los años de la esclavitud hebrea en Egipto, los cuarenta años de la peregrinación de los descendientes de Abraham en el desierto en su cruzada hacia la Tierra Prometida, el tiempo de preparación Jesús en el desierto y su victoria sobre las tentaciones y las celebraciones litúrgicas hacia la pascua Cristiana.

          La cultura puertorriqueña separa estos días para juntos, Iglesia y comunidad, reflexionar acerca de la obra de Jesús, su mensaje transformador y las implicaciones para la vida de quienes han creído en la gracia del poder de Dios revelado en su Santo Hijo. Al llegar la época de la Cuaresma y durante la próxima celebración de la Semana Mayor, la humanidad es invitada a recordar con regocijo la obra del ministerio terrenal de Jesús, así como su pasión, muerte, resurrección y ascensión a los cielos. Simple, las actividades litúrgicas presentes en el Tiempo Cuaresmal y Pascual van dirigidas a proclamar el señorío de Jesucristo, la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación (Col. 1:15).

          En la segunda parte del libro de Isaías, conocida por los estudiosos del documento como Deutero-Isaías, se encuentra uno de los oráculos proféticos más citados por la comunidad de seguidores de Jesús. La anunciación acerca del Siervo Sufriente de Jehová en Isaías 53 fue empleado por los seguidores de Jesús para demostrar que ÉL es el cumplimiento de la expectativa mesiánica. Así, pues, para los cristianos, Jesús es el Siervo Sufriente de Jehová que cumple en su persona el plan redentor de Dios. Pero, ¿cuál es el alcance de su obra en la historia de la salvación?, ¿qué implica la justificación por la fe de Cristo Jesús?, ¿qué significado tiene para los seguidores de Jesús la sangre derramada en la cruz del Calvario?

 

 

Reconciliación en Cristo Jesús

          Para los cristianos y las cristianas, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús es el centro de la proclamación de las buenas nuevas de salvación. Esta confesión nunca debe ser aislada de la centralidad de su mensaje enfatizando la pedagogía del reino que se acerca en su persona. Las voces de canon nuevotestamentario invitan a la asamblea de creyentes, reunidos en el nombre de Cristo, a dar testimonio al mundo de que Jesús vive, cruz4reina y volverá a buscar a su pueblo (Mt. 28:5-7; Jn. 20:28; Hch. 1:11, 2:36; Rom. 14:9; Fil. 2:5-11; Apoca. 11:15). Esta afirmación de fe ha motivado a la Iglesia de todos los tiempos a proclamar, aún por encima de las crisis y de las adversidades, que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Fil. 2:11). Además, se invita a encarnar los valores del reino de los cielos. Así, pues, recordamos con solemne gratitud que Dios levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación (Rom. 4:24b-25). Esta incomparable expresión de caridad proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación;  que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los seres humanos sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación (2 Cor. 5:18-19).

          La muerte expiadora de nuestro señor y salvador Jesucristo nos ofrece la virtud de experimentar la multiforme gracia y el santo amor del Padre. La victoria de Cristo en la Cruz nos devuelve la dignidad de ser llamados hijos del Altísimo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús (Gál. 3:26); y de constituirnos en parte de la familia de Dios, así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios (Ef. 2:19).

          Jesús no vino a defender a Dios sino mostrar su amor hacia la humanidad. Grato es el anuncio del evangelista que pregona con júbilo, porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él (Jn 3:16-17).

          La sangre de Jesucristo tiene poder. Somos reconciliados por medio de su preciosa sangre, pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira (Rom. 5:9). Además, en Él tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia (Ef. 1:7). En Cristo fuimos justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Rom. 5:1).

          Sin embargo, no hay que olvidar que en otro tiempo nosotros nos constituimos en enemigos de Dios. Nos dice el apóstol, y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado (Col 1:21). De modo que la condición de pecado en la que nos encontrábamos inmersos nos separaba radicalmente del amor de Dios,  por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Rom. 3:23). Gracias a la obra de Dios por medio de Jesús, somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados (Rom. 3:24-25). Asimismo nos dice las Escrituras, pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo (Ef. 2:13).

          Esa condición de fragilidad y de egocentrismo nos llevo a antagonizar con el Dios Creador, quien a través de toda la historia de la humanidad ha manifestado la hermosa intención de establecer una relación de armonía y de amor entre Él y nosotros. No empecé a la ley, el pecado seguía constituyendo una barrera que nos separaba de su eterno amor. En medio de esa desesperanzadora realidad, Señor irrumpe nuevamente en nuestro quehacer existencial mostrando en gran manera su amor, mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom. 5:8). Por medio de la acción salvadora de Jesucristo todos nosotros siendo enemigos de Dios fuimos reconciliados con El. Pablo, escribiendo a la iglesia en Roma, dice porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación. (Rom. 5:10-11)

          En esto conocemos la bondadosa gracia de Dios; como dice las Escrituras, todo proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación (2 Cor. 5:18). La preciosa sangre del Justo derramada en la cruz del Calvario tiene un valor incomparable en tratar con nuestros pecados y el justificarnos ante el eterno Padre, además, de reconciliarnos los unos con los otros en una afirmación comunitaria. Dan testimonios las Sagradas Escrituras, porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,…y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades (Ef. 2:14 y 16).

 

La sangre de Cristo Jesús nos purifica de todo pecado

          El apóstol Pablo nos enseña que la preciosa sangre de Cristo Jesús trata con nuestra condición ante el Padre, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados (Rom. 3:24-25). De esta manera Dios quiso por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. (Col. 1:20).

          Al confesar a Jesús como Señor y Cristo, la sangre preciosa carmesí nos cubre y nos limpia de todo pecado justificándonos ante el Padre.

Y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? Heb. 9:12-14

 

Por virtud de esa preciosa sangre el ser humano entra en una nueva relación con Dios. Entonces el velo del templo [que nos separaba del lugar Santísimo] se rasgó en dos, de arriba abajo (Mr. 15:38), y ahorra, en Cristo Jesús tenemos, la bendición y el don de Dios, la libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo (Heb. 10:19). Todo esto para agradecer su bondad por medio de acciones de gracias, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo (Ef. 1:12). Aleluya.

          En Cristo no obtenemos una nueva identidad sino que nos es devuelta la misma, ahorra somos llamados hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados (Rom. 8:17). La última plaga enviada a los primogénitos en el relato de la liberación de la cautividad egipcia, fue obstaculizada por la marca de sangre en el dintel de las puertas de los hijos de Israel (Ex. 12:12-13). Teniendo este relato bíblico presente, en primera de Pedro, el editor cristiano recuerda que sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 Ped. 1:18-19).

 

La sangre de Cristo limpia nuestra conciencia

         La sangre de Jesucristo, Hijo del Dios Altísimo, trata con nosotros librando nuestras conciencias de sentimientos de culpa y recuerdos que laceran el corazón y golpean la mente. No es solamente necesario que la sangre nos purifique del pecado sino también que es necesario que trate con nuestra conciencia. En algunas instancias de nuestras vidas nos encontramos inmersos y a su vez siendo protagonistas de una batalla cuyo escenario principal es nuestra mente. Muchas veces sabemos que Dios nos ha perdonado pero seguimos arrastrando sentimientos de culpa que nos torturan, que nos detienen, haciendo estremecer constantemente nuestro ser. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos (Salmo 51:3-4a). Sabemos que Cristo nos libró del poder del pecado pero seguimos cargando el yugo del dolor, permitimos que afloren en nuestras mentes sentimientos de miedos y frustración, sentimientos de derrota, de imposibilidad. Mi carne se ha estremecido por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo (Salmo 119:120).

          Ahora bien, la sangre de Cristo sana nuestras conciencias, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (Heb. 9:14). Además, el Espíritu de Dios nos hace recordar la acción del poder de la sangre de Cristo, de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas (2 Cor. 5:17).

          Por lo cual hermanos y hermanas, tenemos que renovar y transformar nuestras mentes en Cristo Jesús y en el poder de su bendita sangre. Nos dicen los discípulos cercanos del apóstol Pablo,

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Ef. 4:22-24)

 

Una mente asediada por los recuerdos poco a poco va debilitando la fe y carcome el alma degradándonos a ser esclavos de los dolores, de las depresiones, de las angustias. Con intensidad clama el salmista, Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas (Salmo 25:16-17). Ante esas circunstancias, solamente el poder de Cristo alivia la sed del alma herida trayendo renuevo, sanidad y libertad. Así, pues, promete el Señor, mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eternal (Jn 4:14).

 

La sangre de Cristo nos cubre con las asechanzas del enemigo

          La sangre de Cristo Jesús trata con el poder del maligno cubriéndonos contra sus asechanzas. La palabra nos enseña que el enemigo de las almas ha venido a este mundo para hurtar y matar y destruir; en contraparte, Jesús advierte, yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Jn. 10:10). El autor del cuarto evangelio enfatiza que el enemigo ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira (Jn.8:44). Añade el apóstol Pedro que nuestro adversario como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar (1Ped. 5:8).

          Ahora, su obra queda inoperante. La sangre de Cristo nos cubre para poder estar firmes en el Señor. La epístola a los Efesios insta a tomar toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes (Ef. 6:13). De Cristo Jesús ha sido la plena Victoria.

          ¿Resistir qué? Primeramente, las acusaciones del enemigo, Satanás estaba a su mano derecha para acusarle (Zac.3:1b); segundo, resistir las voces que nos recuerdan eventos del pasado, que hablan para confundir y que nos levantemos contra Dios. El enemigo desea que el propósito de Dios no se cumpla en nuestras vidas. Por eso utiliza estrategias sutiles para acusar a los escogidos y alejarlos del amor de Dios. No dejes que la voz del enemigo dirija tus pensamientos, no dejes que sus estrategias te entristecazcan y te llenen de ansiedad, no permitas que te detenga en el camino cuando el Señor te ha llamado a marchar. Da testimonio Pablo a los de Roma,

El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Rom. 8:32-34).

 

        Por la sangre de Jesucristo, el acusador ya no tiene poder sobre cada uno de nosotros y de nosotras. Ahora somos revestidos del Espíritu Santo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ef. 3:26-28). Colosenses nos recuerda, revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno (Col 3:10). Hemos, en Cristo Jesús, de recibir una regalo, nos ha sido devuelta la identidad, somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1Ped. 2:9).

 

Nos invita a participar de la unión pos pascual como pueblo

          En el libro de Apocalipsis la victoria final y completa de Jesús culmina con una invitación a las bodas del Cordero. Gritan con gozo la multitud de los redimidos, ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado (Apoc. 19:6b-7). La imagen nos invita a reconocer que la sangre de Cristo nos hermana, nos une, nos hace pueblo. El papa Francisco I en su primera Encíclica, Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual, llama vehementemente a los seguidores del Cristo Resucitado a vivir la alegría del evangelio en comunidad. Esta comunidad implica, por un lado, la celebración perenne de la presencia de Jesús en la vida de la Iglesia; por otro, la exigencia del Señor en favor de la mutualidad, la diaconía y la kononia que nos hace un solo cuerpo. Afirma el apóstol de los gentiles, la copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan (1 Cor 10:16-17). Prosigue en su afirmación de la obra de Cristo Jesús, Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular (1 Cor. 12:27).

          Esto nos lleva a celebrar la afirmación de la obra de Cristo en el más cercano. A vivir la plena comunión en Cristo Jesús. Quién obvia este sacramento no ha entendido la obra salvadora de Jesús (Mt. 25:31-46). Sin la dimensión comunitaria no hay evangelio. El reino predicado y modelado por Jesús es comunidad, es comunión. De ahí, para nosotros como Discípulos de Cristo la centralidad de la mesa comunitaria como afirmación de la presencia de Jesús en medio de su pueblo.

 Conclusión

          La sangre de Cristo Jesús nos ha devuelto la dignidad de ser llamados hijos e hijas de Dios. Su preciosa sangre nos purifica ante Dios eliminando de nuestras vidas la tara del pecado. Su sangre nos cubre de tal manera que limpia nuestra conciencia librándola de los poderes de la culpa; por último nos cubre para estar revestidos del poder del Espíritu Santo para permanecer firmes contra las acusaciones del enemigo y vivir la alegría en comunidad. Oremos.

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