Comunidad que comparte vida

4to Congreso Denominacional de la Iglesia Evangélica Unida de Puerto Rico  (12 de marzo de 2016)

 Comunidad que comparte vida (Hechos 2:41-47)

Dr. Juan R. Mejías Ortiz

Palabras de agradecimiento

            Paz y gracia de Dios a sus vidas. Agradezco a la Iglesia Evangélica Unida de Puerto Rico y a su Pastor General Edward Rivera por recibirme nuevamente en su casa y brindarme el don de comparecer ante ustedes, a quienes considero mi familia. El pie “forza’o” que nos une en este encuentro es una Comunidad que comparte vida. Dos pregunta van a dirigir el diálogo, ¿qué implica ser comunidad de bendición en tiempos postmodernos? y ¿cómo compartimos la vida con nuestras comunidades donde la iglesia está inmersa?

Introducción

En la familia un ser humano nace, crece, se desarrolla y muere. La Iglesia es una familia. Como tal tiene la responsabilidad inequívoca e indelegable de cuidar a todos y a todas sus constituyentes. La comunidad paulina, siguiendo las enseñanzas del apóstol escriben a los efesios:

Pues por medio de Cristo, los unos y los otros podemos acercarnos al Padre por un mismo Espíritu. Por eso, ustedes ya no son extranjeros, ya no están fuera de su tierra, sino que ahora comparten con el pueblo santo los mismos derechos, y son miembros de la familia de Dios. (Ef. 2:18-19, DHH)

La iglesia, como familia, es comparable a un edificio cuyo fundamento Jesucristo le da forma, dirección y razón de ser. Simplemente, es en la continuación del Proyecto de Jesús donde se justifica la existencia de la iglesia. Este edificio no es de exclusividad denominacional, todo lo contrario es para el mundo que tiene necesidad de recibir la proclamación del Santo Evangelio de Jesucristo. Ese hermoso edificio sigue hoy recibiendo y albergando seguidores del Campesino de Galilea, ampliando así la familia de la fe, hasta que lleguemos a ser uno en el Señor, un templo santo. (Ef. 2:21).

 Nacimiento de una comunidad que proclama tiempo de júbilo

            En sus inicios esta comunidad postpascual nace, por un lado de la obediencia/espera de la manifestación del Resucitado en la vida de sus seguidores (Hch. 1:4-5, cf. Lc. 24:49); por otra, en el cumplimiento de esa promesa (Hch. 2:1-4). En otras palabras, los seguidores de Jesús, reunidos en su nombre, tienen su nacimiento en la cohesión de propósitos centrado en la expectativa de la presencia de Dios en medio de la comunidad (Hch 1:14, 2:1-2). La unanimidad de propósitos fundamentado en la promesa de la pronta intervención divina es contestada por Dios con el soplo del Espíritu de Cristo, que robustece a la iglesia para su labor misional. Esta se logrará desde la unidad comunitaria (Hch. 2:44-47, 4:32-37).

            La promesa/cumplimiento de Dios llena a toda la comunidad de creyentes con la gracia divina para que nunca cesen de dar testimonio a las naciones del proyecto Jesús. El grupo creció alrededor de la proclamación apostólica del mensaje del Evangelio que proclamó el señorío de Jesucristo y la consecución de los oráculos proféticos en su persona (Hch. 2:36). La interpretación más antigua de la acción kerigmática y su contenido recae en el advenimiento del tiempo escatológico de Dios. Pedro, transcurrida la visitación del Espíritu Santo, en su discurso inicial explica a los atónitos espectadores “Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne… Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hch 2:17, 21, RVR).

            En sus comienzos el grupo de seguidores de Jesús no tenían nombre oficial, simplemente se autoidentificaban como “los del camino”, otros los llamaban “nazarenos”.[1] Es en Antioquia donde más tarde se les llaman cristianos (Hch. 11:26). A los del camino los unía la urgencia escatológica de la proclamación del señorío de Jesucristo. Esa unidad se manifestó en la consolidación de la asamblea de creyentes (gr. ekklesia) que atendía la labor misionera sin desatender las necesidades de sus constituyentes, o sea de sus hermanos y hermanas en Cristo. Simplemente, proclamaban la alegría del Señor y la llegada de un año jubilar perenne. Con el “dinamos” del Espíritu de Cristo a su favor, paulatinamente aprendieron a ser una comunidad fraternalmente abierta que asiste al mundo pero no se acomoda a los valores mundanos. Es más, se visualizaron como una comunidad que acoge en su seno a los excluidos y marginados mientras iban diferenciándose de las estructuras imperiales que por un lado marginan, y por otro, proclaman la grandeza de otro señor.

 Los dones de vivir la alegría del Evangelio en común-unidad.

            El tema de la unidad de la iglesia es un tema recurrente en la literatura nuevotestamentaria (cf. Jn. 17:22-23, Gál. 3:26-29, 1 Cor. 1:10, Ef. 2:13-19, Ef. 4:1-6, 16). El libro de los Hechos[2] enfatiza en la unidad como el distintivo que explica el modelo eclesial de las primeras comunidades de creyentes por medio del cual se fundamentaron prácticas, costumbres y celebraciones. Así, pues, el escritor de Hechos presenta tres sumarios con contenidos temáticos similares que idealiza el modelo prevaleciente en la iglesia naciente (Hch.2:42-47, 4:32-37 y 5:12-16). El lente lucano elabora con cuidado estos relatos con la intención de dar dirección a la presentación teológica de la obra. En este día estudiaremos el primero de los sumarios (Hch. 2:42-47) sin desatender los otros dos.

            La iglesia como comunidad de fe es una institución dinámica, esto es, está en continuo crecimiento. Una mirada al pasaje bíblico estudiado describe el producto de la predicación apostólica: (1) crecimiento de la Iglesia (tres mil personas creyeron en el mensaje de Pedro, v.41, TLA), (2) fueron bautizados en el nombre de Jesucristo, y (3) se unieron al grupo de los seguidores de Jesús (v.41, TLA). La descripción inicial del pasaje, al igual que su cierre, enfatiza en el crecimiento exponencial de la iglesia naciente. El v.41 alude a los 3,000 conversos mientras que el v.47 comenta el grupo de sus seguidores se iba haciendo cada vez más grande (TLA). Esta fórmula se repite en Hch. 4:4, muchos de los que habían oído la palabra creyeron; y el número de los hombres era como 5,000 (RVR95) y en Hch. 6:7 y el número de los discípulos se multiplicaba en grandemente en Jerusalén (RVR95). Una iglesia que no crece se vuelve estéril, insípida y cae en peligro de desaparecer. Peor aún no es diligente en la consecución de la misión cristiana. El primer distintivo de la iglesia de Jesucristo es una que crece continuamente. Ahora bien, la conversión de nuevos creyentes es parte del cumplimiento de la misión (Lc. 24:47 cf. Mt.28:19-20) pero no es el último de los peldaños; hay uno más, el discipulado.

          La evangelización y la conversión son asuntos trascendentales en el logro de la misión apostólica. Sin embargo, el discipulado encamina y dirige el proceso de maduración. Mejor aún, ofrece formación y apoya la integración de la verdad evangélica con la vida cristiana[3]. La educadora Lois LeBar advierte acerca de la problemática que enfrenta la iglesia contemporánea cuando se muestra mayor interés en promover conversos que en hacer discípulos.[4] Es decir, el esfuerzo primario está más enfocado en acciones evangelísticas que se puedan evidenciar numéricamente que en los procesos formativos que robustece el carácter del creyente y nutre la vida en la fe de Jesucristo. El peligro latente de este enfoque cuantitativo es la omisión ministerial del discipulado. Estoy altamente convencido que una iglesia que se visualiza como una comunidad que comparte vida es aquella que afirma su don ministerial en favor de la planificación e implantación de procesos pedagógicos que aporten a la formación de un creyente que aspire constantemente la unidad de la fe y al conocimiento del Hijo de Dios (Ef. 4:13).

Una comunidad cónsona con el proyecto de Jesús

            Les invito a auscultar lo que el pasaje nos ilustra con relación al crecimiento integral de la asamblea de creyentes. Lucas resume las virtudes que distinguen al grupo de seguidores de Jesús:

  • Fieles en las enseñanzas de los apóstoles (didajé ton apostólon), no solo se relaciona con la proclamación del Evangelio, atiende, además, al proceso de discipulado. O sea, a la instrucción o formación catequética. La enseñanza de los apóstoles es un repique sonoro de la instrucción recibida de Jesús durante su ministerio. La unidad doctrinal de la iglesia es un asunto vital para su crecimiento saludable. Mediante la autoridad catequética, la iglesia educa e instruye acerca de las verdades fundamentales de la fe cristiana. La iglesia en sus inicios, en especial en el segundo siglo, se ocupó del asunto a través de la formación del canon incluyendo la múltiple atestación de los evangelios, diseñando formulas catequéticas como las incluidas en 1 Cor. 11:23-26, 1 Cor. 15:3-4, Filp. 2:6-11 y desarrollando credos como lo fue el Credo de los Apóstoles (Antiguo Símbolo Romano)[5]. Desde ese esfuerzo la iglesia procuró que los seguidores de Jesús crezcan en todo hacia Cristo, que es la cabeza (Ef.4:15b, DHH) evitando ser arrastrados por el viento de cualquier nueva enseñanza hasta dejarse engañar por gente astuta que anda por caminos equivocados (Ef. 4:14b, DHH). Desde esa plataforma pedagógica la iglesia se enfrentó y refutó las enseñanzas alternas o desviadas de los gnósticos y de las enseñanzas de otras escuelas filosóficas concurrentes con la expansión del cristianismo. Simplemente, una iglesia que comparte vida educa y es cónsona con el proyecto de Jesús.
  • Caritativos en cuando al bien común y la unión fraterna. El Espíritu de Cristo impulsa a la iglesia a construir comunidad. La palabra empleada en el texto koinonía (p. Hch. 4:34-35, cf. Rom. 12:12-13) recuerda que el crecimiento y madurez en la fe trasciende la santificación personal e impulsa a la edificación, de lo que Pazmiño llama “edificación corporativa o mutua”.[6] El poder transformador de Cristo conduce al fortalecimiento de la vida en comunidad. Lucas acentúa que la aceptación del mensaje de Jesús exige la responsabilidad ética que promueve la reciprocidad en el cuidado y atención del prójimo (cf. 2 Cor. 8:4, 9:13 y Gál. 2:9-10). De esta manera, se justifican las acciones de la iglesia naciente en especial la práctica de tener en común todas las cosas (Hch. 2:44b cf. 4:32b) y de vender las posesiones, trayendo el producto de lo vendido para ponerlo a los pies de los apóstoles con el propósito de repartirlo conforme a las necesidades personales identificadas por el grupo (Hch. 4:35). Por medio de la iluminación del Espíritu Santo la iglesia afirma el vínculo comunitario y lo reformula a la luz de las necesidades de los más débiles, en especial los pobres. El resultado del modelo eclesial idealizado por Lucas fue la casi inexistencia de necesitados (Hch. 4:34a). Así que una iglesia que comparte vida crea estructuras eclesiales que promuevan un modelo de justicia social que atienda con intencionalidad las necesidades de las personas. 

            Visitemos por un momento a Efesios 4:13a, la comunidad paulina enfatiza la unidad del Cuerpo de Cristo hasta que todos lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios. La unidad en Cristo supera todo apartheid (segregación) religioso, racial, social o por cuestiones de género (Gál. 3:28). El vínculo de esa magna unidad es el amor.

            En nuestra reflexión vivir en Cristo implica vivir en el otro. Es una unidad encarnacional que supera toda abstracción y retórica. Es real, es viva. Todavía más, produce liberación de las ataduras dogmáticas que dividen al ser humano. El teólogo alemán Jürgen Moltmann, reconociendo la iglesia como una hermandad de liberados afirma que la verdadera comunidad de Cristo es constituida por los creyentes capaces de amarse y cuidarse entre sí, pero sobretodo de amar a los marginados que tienen hambre de acogimiento.[7] Es la atención de los más frágiles el lugar de encontrar el rostro de Dios. De ahí la significación de las enseñanzas de Jesús que anuncian tiempo regocijo para los pobres, saciedad para los que tienen hambre, y alegría para los que lloran consecuencia de nuestras estructuras segregacionistas (Lc. 6:23-26). Por otra parte, el propio Lucas advierte acerca de la recompensa que les espera a los poderosos opresores que han encontrado alegrías y alivios en las estructuras político-económicas, creadas por ellos mismos, cuya ejecución produce pobreza e injusticia a los “pequeños del Reino”. (Lc. 6:24-26). Los poderosos no escaparan, tendrán que enfrentarse al juicio del Hijo del Hombre. Una Iglesia que comparte vida es una comunidad que libera, que se compromete con el bienestar común en especial con los pobres. Así que la iglesia es de los pobres.

  • Constantes en la práctica eucarística. La partición del pan recuerda a Lc. 9:11-17, 22:14-38, 1 Cor. 11:23-27. La comprensión de la celebración eucarística es vital para entender la identidad cristiana. La mesa del Señor es un símbolo comunitario. Es el elemento central de la liturgia indiscriminadamente de las diversas interpretaciones acerca de la presencia de Cristo en el sacramento. La eucaristía es un signo comunitario que festeja, con acción de gracias, los hechos de salvación y la gracia de Dios. Es una afirmación de la presencia mística de Cristo en el corazón y en la memoria de la comunidad de creyentes. De igual importancia se celebra el alcance cósmico de la obra de Cristo Jesús, se recuerda cuán valioso es el ser humano para Dios, se afirma que somos cuerpo, que somos sangre, que somos comunidad que comparte vida. Con regocijo se rememora litúrgicamente que por medio de la fe nos unimos a Dios en la participación colectiva del cuerpo y sangre del Resucitado. Si el entendimiento teológico y litúrgico no afirma la dimensión comunitaria es una celebración hueca, que niega el carácter profético de la iglesia. Es más, en la Comunión se quiebran las etiquetas que jerarquizan y problematizan las relaciones humanas y promueven la inequidad. Sencillamente, somos uno solo cuerpo que ha sido invitado al banquete escatológico del Hijo del hombre.
  • Perseverantes en la oración (Hch. 1:14a). Las familias y comunidades consistentemente buscan vías, patrones y signos que les conduzcan a la unidad. En la vida eclesial la oración es una ordenanza que ofrece nuevas vías para ser uno en Cristo. En Hch. 1:14, Lucas se esfuerza por describir la unidad del grupo de seguidores de Jesús por medio de la disciplina de la oración, Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego. La oración fortalece la vida personal y colectiva del creyente a la vez que se contempla la acción del Resucitado en la comunidad de fe.

            En la oración sacerdotal del evangelio de Juan, Jesús ora que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad (Jn 17:22b-23a). Por un lado, la oración nos conecta con el Espíritu de Dios, y este a su vez con hace consientes de las realidades y urgencias del prójimo. Es por ello, que Lucas (Lc.11:2-4) al editar la oración del Padre nuestro tomado de la fuente Q enseña orar por las necesidades personales (Danos cada día el pan que necesitamos; perdónanos nuestros pecados, DHH) y tener conciencia del poder del vínculo comunitario (porque también nosotros perdonamos a todos los que nos han hecho mal). Es una relación biunívoca con Dios y biunívoca con el prójimo. María Harris argumenta que la iglesia instruye para orar y a su vez es instruida por Dios mediante la oración.[8] A través de la oración, el Espíritu Santo va fomentando en la mente del creyente una nueva psicología que nos une sistemáticamente al tomar las necesidades del prójimo como las propias. Así va fluyendo, en palabras de María Harris, la oración corporativa que en la diversidad nos va haciendo homogéneos en Cristo. Una iglesia que comparte vida ora.

 Una iglesia que comparte vida transforma

            El versículo 43 resume el producto de la proclamación del Evangelio. Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. (v.43)

            Lucas, con esta frase, presenta el cumplimiento de los oráculos proféticos incluidos en la edición del discurso inicial de Pedro. El profeta Joel dice: Y daré prodigios en el cielo y en la tierra (Jl. 2:30). Además el verso sirve de puente para el relato de la curación del cojo en el templo (Hch. 3:1-10), así como los demás relatos de milagros, visiones y exorcismos contenidos en los próximos capítulos de la obra. Para Lucas, los discursos de Jesús, luego la proclamación apostólica, son evidenciados por señales. Las misma fórmula re repite en otras partes del libro: Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo (Hch. 5:12). Una comunidad que imparte vida cura y transforma por medio de las manifestaciones tangibles de Dios.

 Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas;  y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. (v.44-45)

            Lucas repite el enunciado en el capítulo cuatro, Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común (Hch. 4:32). Surge el ideal, sacramento, de la acción apostólica en donde la unanimidad se traduce en un modelo de asistencia social que quiebra la indiferencia, atiende a los necesitados y redistribuyen las riquezas. La pedagogía del reino de los cielos rechaza la inhumanidad de la sociedad. Los valores del reino predicado por el Campesino de Galilea acentúan en la responsabilidad social que encausa la paz personal y colectiva, que a su vez produce el bienestar social. Moltmann, exponiendo acerca del Dios reconciliador y liberador, destaca que la vida de la humanidad es amenazada constantemente por los poderes de la división y la dominación. Inconsecuente con la dominación que empobrece al mundo, Dios invita a la reconciliación que libera. La reconciliación de Dios en Cristo se ocupa de nuestra relación con él (2 Cor. 5:17-21), pero, también nos impulsa a la caridad que vincula la paz entre los seres humanos (Col 1:20). Sin la responsabilidad de la caridad se correría el riesgo de la inhumanidad. Para Moltmann, inhumano es el hombre [ser humano] que abandona su humanidad y se constituye en un dios orgulloso y desesperado ante sí mismo y ante su prójimo. Y tiene miedo de sí mismo y de los demás. No es capaz de amar, porque sólo se ama a sí mismo.[9]

            El modelo presentado por Lucas contrasta con la inequidad de la distribución de las riquezas en el mundo contemporáneo. Es triste ver, que los índices mundiales de pobreza continúan presentando cifras alarmantes. Esta deshonra mundial contrasta con el crecimiento de las riquezas individuales de un pequeño grupo. En los Estados Unidos, la revista Forbes se ocupa de publicar anualmente el listado de las personas con mayor riqueza en el mundo[10]. Los datos presentados en la edición 2016 apuntan que a nivel mundial hay 1,810 multimillonarios, con un capital neto combinado de $6.48 trillones. Un dato más significante se descubre. En la ordenación del caudal económico personal se observa que las treinta personas más adineradas del mundo tienen un caudal ($1.07 trillones) superior a los ingresos reportados en los presupuestos anuales del 95% de los países del planeta.

            En Lucas 12:33-34, Jesús enseña a sus discípulos desprenderse de los bienes materiales, ordenan que vendan las posesiones para atender las necesidades de los pobres. El ser discípulo de Jesús tiene como requisito hacer tesoros en el cielo donde el ladrón no entra ni la polilla destruye. Esto por medio de la solidaridad con los pobres. En contraposición se presenta el modelo del hombre rico que increpado por Jesús para deshacerse de las propiedades se marchó entristecido (Lc. 18:23). El pasaje recuerda a Dt. 15 que ordena la conmemoración del año de la remisión de deudas para asegurarse de que no habrá pobre entre ustedes (Dt. 15:4). Una iglesia que imparte vida considera la atención de las necesidades de los pobres como una prioridad.

            Lucas presenta como antítesis la conducta expuesta por Ananías y Safira. El relato pone al relieve que la utopía lucana no es impositiva sino voluntaria. Es una respuesta a la convocatoria a la unanimidad de propósitos. Esta pareja, quizás por la necedad humana de ganar la admiración de los demás, mintió con relación al precio obtenido de la venta de una propiedad. Lucas, en boca de Pedro, indica al lector que la venta de las posesiones y la entrega de las ganancias no eran obligadas sino un desprendimiento provocado por el amor fraternal producto del quehacer del Espíritu de Cristo en la comunidad. El pecado de Ananías y Safira fue la mentira al Espíritu Santo y a la comunidad acompañado con el deseo de vanagloria.[11]

 v.46-47a Perseveraban unánimes cada día en el Templo, y partiendo el pan de las casas comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo.

            Lucas retoma la mención de la conmemoración eucarística como signo comunitario. La unidad de la iglesia era evidente en lugares públicos como el Templo al que los discípulos asistían para orar (Hch. 3:1) y en lugares privados como las casa. El partimiento del pan recuerda la cena eucarística de Lc.22:14-20. Ahora bien, la unidad por un lado es producto de la presencia del Espíritu de Cristo en la iglesia, por otro lado, requiere de la consumación de los esfuerzos por mantener esa unidad. Lucas no esconde que no todos tuvieron claro la unidad de la iglesia. Además del relato de Ananías y Safira, en Hechos 6:1-6 describe como los discípulos atajaron el surgimiento de una estructura de inequidad al interior de la misma comunidad de fe. Las viudas de los griegos eran desatendidas.

            Ante la enseñanza de ambos relatos, emerge la pregunta: cómo lidiar con las diferenciaciones, desacuerdos y sistemas de injusticias aun dentro del cuerpo de Cristo. Qué instrumentos debemos utilizar para mantener la koinonia de los creyentes. Ciertamente la unidad de pueblo de Dios es un milagro de Espíritu Santo. Pero hay dos áreas que atender. Primeramente, tener conciencia del proyecto de Jesús y su alcance. Esto se logra por medio de la sana formación en el discipulado. Segundo, abrazando la humildad y aprender a dialogar. Esto último es importante, la iglesia que cultiva la unidad espiritual promueve el diálogo como herramienta para zanjar diferencias, males entendidos y desavenencias. Como seres iluminados por la Santa Palabra somos capaces de promover el diálogo transparente, creativo y transformador.

 El diálogo como capacidad emancipadora

            El diálogo como actividad humana liberadora, advierte Paulo Freire[12], resiste la discusión guerrera y polémica entre dos personas cuya aspiración primaria sea el interés de la imposición dogmática de su verdad. Insiste el educador brasileño que dicha capacidad humana es un acto creador cuya raíz es el amor auténtico y el compromiso solidario por la sana coexistencia. Ciertamente es, en el testimonio bíblico, que emerge la Palabra encarnada como paradigma dialógico. De ahí que vemos en él, una ventana abierta que permite la comprensión comunitaria de la fe y del mover del Espíritu que nos acerca a recrear la experiencia Pentecostal y a vivir conscientes del proyecto emancipador de Jesús llamado el reino de Dios Por medio del diálogo genuino se corrigen fallas, se pide perdón y se fortalece el vínculo de unidad.

 Conclusión

            En esta mañana estamos convocados a ser una Comunidad que comparte vida. En tiempo de sequedad nacional como el actual es urgente que la iglesia se visualice como una comunidad convocada para ser de bendición. El pasaje en Hechos 2 nos enseña que la iglesia se reúne, celebra y comparte el milagro de unidad. María Harris[13], en su clásico Constrúyeme un pueblo (Fashion me a people) apunta a la atención de la koinonia o el desarrollo de un currículo que enseñe a vivir en comunidad como punto inicial del ministerio educativo de la iglesia. Indica que la iglesia está llamada a afirmar su común-unidad y su común-unión. Esta comunidad es una celebrante, una que se acompaña, cuida y que disfruta la alegría de vivir el evangelio en común-unidad y en común-unión. En especial en la liturgia, en la eucaristía y la atención a los pobres.

            En resumen, el pasaje nos enseña a que una iglesia que imparte vida es una comunidad que:

    • Crece continuamente en la unidad de la fe y en su labor misional.
    • Es fiel a las enseñanzas de Jesús.
    • Promueve un modelo de justifica social que atiende con intencionalidad las necesidades de las personas.
    • Instruye y es instruida por medio de la oración.
    • Libera y se compromete con el bienestar común.
    • Cura y transforma por medio de las manifestaciones tangibles de Dios.
    • Considera la atención de las necesidades de los pobres como una prioridad.
    • Educa en el diálogo como una herramienta para lidiar con las tenciones provocadas por las relaciones humanas.

            Que el santo amor del Señor los inspire a emular al modelo lucano presentado en el relato de Hechos 2: 41-47. Ser una iglesia que imparte vida es nuestra misión indelegable. Así nos ayude Dios. Amen.

[1] Justo L. González, Breve historia de las doctrinas cristianas. (EUA: Abingdon Press, 2007).

[2] Para algunos eruditos la obra de Lucas, conocida hoy en dos tomos Lucas y Hechos, en sus comienzo circuló como una sola obra compuesta y redactada en sus orígenes por un editor anónimo cristiano no judío familiarizado con las tradiciones literarias del Antiguo Testamento, especialmente como las presenta la Septuaginta, y con las técnicas literarias del helenismo. Posiblemente la obra fue redactada entre el año 85 al 90 EC.

 [3] Robert W. Pazmiño, Cuestiones fundamentales de la educación cristiana (EUA: Wipf and Stock Publishers, 1995), 59.

[4] Lois E. LeBar, Educación que es cristiana. Una introducción a la filosofía de la educación cristiana. (EUA: Patmos, 2009).

[5] González, 2007, 153-154.

[6] Pazmiño, 48.

[7] Jürgen Moltmann, El lenguaje de la liberación (Salamanca, España: Ediciones Sigueme, 1974), 80-81.

[8] Maria Harris, Fashion me a people. Curriculum in the church. (Kentucky, EUA: Westminster John Knox Press, 1989), 95.

[9] Jürgen Moltmann, El lenguaje de la liberación (Salamanca, España: Ediciones Sígueme, 1974), 53-54.

[10] Revista Forbes, The richest people on the planet 2016. Tomado de http://www.forbes.com/billionaires/

[11] Justin Taylor, Hechos de los Apóstoles en Comentario Bíblico Internacional (España: Verbo Divino, 1999), 1384

[12] Paolo Freire, Pedagogía del Oprimido (España: Editorial Siglo XXI, 1970).

[13] Harris, 1989.

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