Pobreza en Puerto Rico, Iglesia y Reino de Dios

Dr. Juan R. Mejías Ortiz

            Puerto Rico es un país pobre. Esa es la realidad puertorriqueña aunque se tenga que decir en voz baja para no provocar ofensa a quienes piensan lo contrario. El programa de modernización de la economía isleña en las décadas de los 50s y 60s, Operación Manos a la Obra, obtuvo logros visibles en la industrialización del país. Quizás el cambio más significativo recae en el hecho de pasar de una economía agraria a una basada en el establecimiento de industrias manufactureras foráneas. Si esto resultó en una virtud estará por verse prontamente. La prosperidad momentánea obtenida en estas décadas fue dibujando un ideal carente de veracidad histórica, económica y política. Así pues, fue penetrando en la psiquis nacional una auto-conceptualización errada. Floreció la visualización del terruño como una nación desarrollada perteneciente al Primer Mundo. Nos pensamos como la “Perla del Caribe” a la que se debían de ceñir los países “tercermundistas” de Latinoamérica. De ahí que se comenzó a hablar de Puerto Rico como la “vitrina del Caribe”, en alusión a su florecimiento económico en comparación con los países vecinos.

            Esta economía provisional nos hizo caer en el entrampamiento de la indefinición. El insularismo, del cual nos advirtió vehementemente Antonio S. Pedreira, de manera atropellada se adueñó de nuestros razonamientos a tal nivel que germinó la falsedad de la erradicaciónDios de los pobres de la pobreza y del analfabetismo en la isla. Para ese entonces, hablar de la existencia de la pobreza era negar el éxito del modelo de desarrollo económico vigente, que a fin de cuentas resultó estar fundamentado en tierras movedizas. Así se encendió el motor ideológico que penetró en gran parte de las familias del país. La gente comenzó a creer que las niguas, símbolo de la pobreza en décadas anteriores, solo existían en el recuerdo de la ciudadanía que abandonaba los campos y la zafra para dedicarse a la industria manufacturera.

            Aún más, el advenimiento del esparcimiento urbano en los sesenta, la ilusión de una clase media creciente y el establecimiento de las grandes casas farmacéuticas y cadenas hoteleras fueron vendiendo al país como el ejemplo encomiable de un lugar, que bajo la tutela estadounidense, era capaz de vencer los poderes coercitivos de la pobreza. En fin, se nos enseñó a mirar al Norte con admiración y a Centro y Sur América con desprecio, en lugar de afirmar la hermandad. A fin de cuentas, es con los países caribeños, centro y suramericanos que nos une la consanguinidad genética, histórica y cultural. La soberbia nacional de un Puerto Rico prospero desvaneció de nuestro espíritu el ideal de la confederación antillana de la cual soñaron un día el libertador Dr. Ramón Emeterio Betances, el Ciudadano de las Américas Eugenio María de Hostos, el Caballero de la Raza José de Diego, y que acogió el apóstol cubano José Martí. Era común escuchar en los mítines políticos de los pueblos preguntar, ¿Por qué relacionarse con esas “repúblicas bananeras” cuyo único legado al mundo es la producción de materia prima, el engordamiento de la pobreza y el surgimiento de regímenes dictatoriales que transgreden la democracia estadounidense? La única respuesta fue contemplar con desdén a nuestros hermanos y hermanas latinoamericanos.

            El astrónomo renacentista Nicolás Copérnico, a pesar de las voces disidentes, tenía razón. Es la tierra la que gira alrededor del sol, no lo contrario. Al pasar los años la evidencia científica lo revindicó. De igual forma, las voces boricuas que en los sesenta llamaron a la definición nacional denunciando la falsedad del modelo económico, basado en gran parte en la política de la dependencia gubernamental y de la migración incentivada, están siendo revindicadas. Hoy la utopía muñocista camina por un sendero pedregoso al ser confrontada con la situación presente del pueblo puertorriqueño. A la altura del siglo XXI, somos un territorio pobre subyugado a los poderes decisionales del Congreso de los Estados Unidos de América. Esta situación ha creado para muchos un disloque emocional al enfrentarse al agotamiento del modelo económico y a la divulgación mundial de nuestra condición colonial. Esto a su vez, desenmascara el engaño de la inexistencia de la pobreza en Borinquén.

            Centrándonos en el punto que nos concierne, la Oficina del Censo de los Estados Unidos publicó que para el año 2015 la Isla se enfrenta a dos eventos que requieren pronta atención. Primero, la disminución de la población consecuencia de la nueva ola migratoria producto de la desestabilización económica, política y social. Segundo, el aumento porcentual del número de habitantes de esta patria que viven bajo el umbral de pobreza. Datos del Censo muestran que el 45.2% de la población en la Isla o sea un poco más de 1,570,000 personas son pobres. Esto hace del país la jurisdicción estadounidense con los niveles de pobreza más altos. Nuestros números duplican los datos de Mississippi, el estado más pobre de los EUA, cuyo índice ronda el 22.6%. Si comparamos la condición isleña con los puntos migratorios de la diáspora Boricua, observaremos que Texas tiene un nivel de pobreza de 17.7%, Florida 16.7%, New York 15.6%, Pennsylvania 13.5%, y New Jersey 10.7%. Estos datos nos hacen ver cara a cara que Puerto Rico, en muchos casos, triplica y cuadruplica la pobreza de los estados. Por otro lado, aunque estas cifras son más bajas que las locales, desquebrajan el mito acerca de la inexistencia de la pobreza en las naciones desarrolladas, en especial en los Estados Unidos.

            La pobreza es una realidad inherente al Puerto Rico del siglo XXI. Se ha pretendido ocultar este escenario producto del cúmulo de decisiones políticas y económicas que fomentan la disparidad en la adquisición de las riquezas. En la actualidad nos enfrentamos a los nuevos rostros de la pobreza puertorriqueña. Estos son, las mujeres jefas de familias con menores de 18 años y las personas mayores de 65 años. Los números del Censo proyectan que 60.1% y 39.7% de las personas de estos sectores respectivamente, son presas de las garras de este mal social. Por otro lado, el 58.5% de las familias del país tienen que sobrevivir con un ingreso menor a los $25,000 anuales.[1] Estas estadísticas deben motivar a la Iglesia a la consolidación de una respuesta concreta que supere la abstracción descontextualizada y la retórica insípida.

            La atención del pueblo de Dios debe estar siempre a favor de los pobres. Ahí su función profética indelegable. Debemos estar claros que los quehaceres cotidianos eclesiales no deben ahogar su capacidad profética. La metodología inductiva propuesta por la Teología de la Liberación nos invita a hacer una lectura hermenéutica de la realidad social de nuestro pueblo. La denuncia y el anuncio profético no es amorfa ni tiene lugar en un vacío existencial. Lamentablemente, el asunto de la pobreza en la Isla ha sido atendida desde tres plataformas irreflexivas: la desinformación, los mitos y la indiferencia.

            En cuanto a la desinformación ni siquiera se habla aludiendo a una definición coherente del término pobreza. Aquí, adoptaremos la definición propuesta por la Dra. Linda Colón-Reyes que visualiza la pobreza como la condición o situación económica, política y social desigual que afecta a ciertos individuos originando la carencia de los medios básicos para subsistir y obtener bienes materiales considerados por una sociedad en particular adecuados y necesarios para un nivel de vida comúnmente aceptado[2]. Los teólogos latinoamericanos Jorge Pixley y Clodovis Boff, estudiando la pobreza en la década de 1980, acentuaron que ella es producto del desarrollo económico contradictorio, que por un lado amplía la brecha entre unos pocos ricos y unos muchos pobres; y por el otro, atrapa al pobre en el laberinto de la opresión[3]. No es difícil de entender, claramente el rico se hace más rico a costa de la explotación de las clases marginadas a través de la paga de salarios bajos, la eliminación de beneficios marginales a los obreros, la decadencia de la calidad de vida, la limitación del acceso a la educación, la salud y la tecnología, el usufructo de la población más vulnerable como los niños, las mujeres y los ancianos, la expropiación de la tierra, entre otros. La pobreza no es producto de factores genéticos ni ambientales, es el efecto de las implementaciones de las ideologías sociales excluyentes, como lo es el neoliberalismo radical. Hoy más que nunca, es urgente que el dolor causado por el hambre y la miseria se convierta en un asunto ético de atención global. Causa indignación reconocer que la globalización de la pobreza, y su progenitora la desigualdad son una vergüenza mundial.

            A muchas personas e instituciones como la Iglesia, se les dificulta trabajar con la pobreza debido a la miopía causada por los mitos que se construyen en la incomprensión de esta realidad. El economista argentino Bernardo Kliksberg[4] enumera los mitos acerca de la pobreza. Estos son:

  • el entendimiento de la pobreza como una fatalidad inevitable.
  • la pobreza como un problema que les concierne únicamente a los pobres.
  • la resistencia de los pobres para salir de la condición de indigencia.
  • la urgencia de fomentar el desarrollo económico para reducir la pobreza.
  • el rechazo de establecer programas de ayudas a los pobres por miedo a la prolongación del asistencialismo.

            Desde el ámbito eclesial, sería aún más indignante si se considera a la pobreza como un castigo divino o la ausencia de una espiritualidad saludable. De ahí, la obligación por una definición bíblica de la pobreza y más aun de la acción salvífica de Dios. Me parece que una re-elaboración de la línea propuesta por el teólogo reformado Hans-Joachim Kraus provee una dirección clara para el entendimiento de la acción de Dios en favor de los pobres. Para él, los pobres son las personas atropelladas y desposeídas de sus derechos a causa de la avaricia de los poderosos, cuyo único consuelo consiste en buscar amparo en Dios[5]. Desde la causal antiguotestamentaria, los pobres son invitados a refugiarse en el Señor (Sal. 9:9-10, 18), a confiar en su juicio (Sal. 10:12; 12:5; 72:13; Is. 11:4) y a depender únicamente en su benevolente ayuda para la conquista de sus derechos (Sal. 10:14; 132:15; Pr. 29:14; Is.14:32; 29:19; Jer. 5:28; Am. 8:4-6). De modo que los desposeídos son receptores del plan salvífico divino. La queja del profeta Isaías debe sacudir la conciencia de la Iglesia contemporánea:

Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo; para despojar a las viudas, y robar a los huérfanos (Is. 10:1-2)

Para los ricos este es un texto de terror mientras para los oprimidos son buenas nuevas, un anuncio de esperanza. Los pobres reciben con gozo el reclamo divino. El Espíritu de Dios les concede la liberación de los yugos opresivos de los poderosos. Así que el evangelio exige llamar pecado al abuso de los poderosos y a la indiferencia de su pueblo.

            Al presente la crisis económica, que a su vez incide en la desarticulación del funcionamiento social, es alimentada por la masificación de la desigualdad. Es cada día más creciente la necesidad de una mirada al espejo social que refleja el rostro tal y como somos. Gracias a Dios, se va descubriendo la verdad. Salvo la insistencia de algunos discursos enajenantes, los medios de comunicación han comenzado a desnudar la pena de la existencia de la pobreza en el país. En cuanto a la ruptura de la inacción eclesial, el discurso de Jesús y su insistencia en revertir el orden en favor de los marginados nos obligan a una nueva mirada. Esto sí, una vista a través de los lentes de la pedagogía de Jesús. El evangelio según san Lucas, más que los otros, insiste en presentar el proyecto de Dios en favor de los pobres. El editor de Lucas, respondiendo a la necesidad de la comunidad por tener narrativas de la infancia de Jesús, nos presenta, entre otros relatos, el Magníficat de María (Lc.1:46-56). Este himno de exaltación a Dios, compuesto por citas de las Sagradas Escrituras de Israel, anuncia la justicia de Dios en favor de los pobres e indefensos. El biblista suizo François Bovon insiste que este himno litúrgico manifiesta la tensión escatológica presente en la obra lucana, que por un lado celebra con regocijo el cercamiento divino, por otro, espera por la manifestación definitiva del poder salvífico de Dios que revertirá las situaciones opresoras[6]. En labios de María, la comunidad cristiana de Lucas celebra que Dios:

Derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes. Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías (Lc. 1:52-53, DHH).

            La Iglesia no solo anuncia y modela el cuidado de Dios de los frágiles también lo celebra. Lucas afirma que Jesús haciendo suyo el oráculo del trito-Isaías anuncia que fue ungido para dar buenas nuevas a los pobres,…, a pregonar libertad a los cautivos,…, a poner en libertad a los oprimidos (Lc. 4:18). Este texto ahora se transporta a la misión de la Iglesia. Una iglesia sin los pobres no se encuentra, peor aún, desconoce el proyecto emancipador enseñando por Jesús.

            Lucas nos enseña que la Iglesia como realidad neumatológica, esto es del Espíritu de Dios, es convocada para identificar, cuidar, proteger y acompañar a los pobres en su lucha por superar, no únicamente la miseria que le rodea, sino, y con más fuerza los poderes políticos-económicos que la promueven. Como servidora de Cristo y del prójimo, la Iglesia acoge como propia la lucha y la resistencia incansable de los pobres. Se compromete intrínsecamente con su emerger. El despertar de los pobres es la causa de la Iglesia. De Jesús aprende a definirse desde los pobres. Los pies polvorosos del Maestro atestiguan la intención divina de optar por los de abajo como axioma fundamental del Reino de los cielos. Junto a la ternura de Dios, Jesús presenta una propuesta revolucionaria en donde los que ahora son los últimos serán los primeros, y algunos que ahora son los primeros serán los últimos (Lc. 13:30, DHH). Esta propuesta requiere un costo. El listado de los últimos lastima muchas sensibilidades e incomodan las estructuras del reino de este mundo. Precio al cual Jesús accede a pagar con su vida.

            Encontrarse con los pobres expone a la Iglesia a una peligrosísima situación. Simplemente deja de ser de los ricos y poderosos para pertenecer a los humildes. Y no meramente pertenecer, más bien, dar testimonio del mensaje evangélico junto a los pobres. La identidad en Cristo Jesús sacude la conciencia de la Iglesia. Como pueblo de Dios está obligada a ver el sufrimiento de los marginados, a escuchar el clamor a causa de sus opresores, a conocer sus angustias y a comprometerse en favor de su liberación (cf. Ex.3:7-8a). Así, pues, la Iglesia es comisionada; y a su vez definida. De modo que deja de ser de los de arriba para caminar con los de abajo. Pierde su poder político para ganar el reino de Dios. Pierde los vítores de los poderosos para escuchar la súplica de los débiles. Pierde su poder para ganar su debilidad. Desde ella vive junto a los pequeños la esperanza escatológica de la victoria definitiva de Dios. De ahí, que el Espíritu y la esposa dicen Ven (Apoc. 22:17). Niega su infalibilidad para con humildad corregir sus descuidos. El Espíritu Santo, presente en el mundo, fecunda a la Iglesia y la depura de sus discursos estériles. Así que se esfuma la arrogancia institucional para en humildad ser linaje escogido para sanar, real sacerdocio para ungir con aceite a los pobres, pueblo santo para el servicio de los pequeños del Reino de Jesús, para anunciar el favor de Dios a los desposeídos de este mundo. (cf. 1Ped. 2:9).

            La Iglesia de Cristo, debe constantemente desnudarse de sus hábitos institucionales jerárquicos para vestir a los desprotegidos. En otras palabras, deja de ser de sí misma para ser de Dios en los pequeños. Los evangelistas afirman, que rechazando los estándares de grandeza, en la encarnación Dios optó por la imagen de lo frágil, de lo limitado para manifestar su proyecto de amor. Los pobres se amparan en la fuerza explosiva de Dios que los acoge, los defiende y proclama que sus sufrimientos son la causa del acercamiento del Reino. Así, pues, en este momento de crisis nacional y derrumbamiento del soporte económico, la isla de Puerto Rico necesita de la fuerza habitada en la voz profética de la Iglesia. Los pobres del país claman por la urgencia del acompañamiento, del cuidado y la solidaridad ofrecida por el Reino de los cielos. Requieren que la Iglesia repique las palabras de Jesús, quien volcó mesas en el templo para denunciar con claridad las estructuras económicas y políticas que acrecientan la pobreza y promueven la desigualdad. Caminando con los pobres la Iglesia descubre al verdadero Señor de la creación, quien decide ser uno con todos en su hijo amado, Jesús de Nazaret, el pobre de Galilea.

[1] Datos obtenidos de la Tabla DP03 y S1701 (2014) provisto por American FactFinder del Negociado del Censo de los Estados Unidos. http://factfinder.census.gov.

[2] Linda Colón-Reyes, Pobreza en Puerto Rico. Radiografía del proyecto americano (San Juan, PR: Luna Nueva, 2005), 20.

[3] Jorge Pixley y Clodovis Boff, Opción por los pobres (España: Ediciones Paulina, 1986).

[4] Bernardo Kliksberg, “Mitos sobre la pobreza”, Revista Encrucijadas UBA, no. 51 (2011): 11-15.

[5] Hans-Joachim Kraus, Los Salmos, Vol. 1 (Salamanca, España: Ediciones Sígueme, 1995), 144-145.

[6] Francois Bovon, El evangelio según san Lucas, I. (Salamanca, España: Ediciones Sígueme, 1995), 137-138.

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