En Espíritu y en Verdad: Una mirada al servicio cristiano

En Espíritu y en Verdad: Una mirada al servicio cristiano

[Revista El Discípulos 26(2)]

Dr. Juan R. Mejías Ortiz

Introducción

            El propósito de este artículo de fondo es extender la reflexión acerca del servicio cristiano iniciado en la 109na Convención el pasado mes de febrero de 2018. Entender en qué consiste la misión cristiana en la sociedad actual es vital para el crecimiento saludable de la iglesia. Además, la continuación del tema puede fungir como faro que ayuda a disipar toda distracción discursiva ajena a la voz de las Sagradas Escrituras.

La misión de Dios en el mundo

            Los seguidores de Jesús redescubren la misión cristiana en el servicio. Esta acciónlavar pies servicio cristiano refleja la obra transformadora de Jesucristo que impulsa a la iglesia hacia el mundo con una noticia de paz y esperanza. El Evangelio proclama que la gracia de Dios le ofrece a la humanidad un tiempo nuevo de regocijo y salvación por medio de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús. De modo que el servicio cristiano se realiza como un acto litúrgico que celebra la presencia del Resucitado en la vida de nuestros pueblos, campos, aldeas y barriadas. De ahí que es «en Espíritu y en Verdad» tal y como lo afirma el evangelista (Jn 4.24b).

            Esta expresión teológica de Juan, que ocurre junto al pozo de Jacob y bajo el agotante sol de Samaria, permite adelantar las afirmaciones que guiarán este artículo. Primero, la misión cristiana es de Dios no de los seres humanos ni de las instituciones religiosas. No cabe duda de que la actividad misionera genuina brota del corazón de Dios que desea que nuestros pueblos experimenten su amor por medio de la obra de la Palabra Encarnada. Segundo, Dios nos convoca a vivir bajo el manto de su Espíritu para que obtengamos la capacidad de llevar a cabo la misión.

            Desde ahí se conjugan dos elementos cuasi inseparables en la misión cristiana: el fluir del Espíritu Santo que penetra en el mundo para dar a conocer la virtud de la obra de salvífica de Dios en Cristo Jesús, su gracia y su amor para con el ser humano; y ese ser humano que, escuchando el llamado de Dios, es invitado a vivir la alegría del Evangelio en comunidad. Hay que aclarar que por sí solo el ser humano jamás tendrá la capacidad para responder a la voz del Señor. Es a través de la intervención del Santo Espíritu que se logra confesar el señorío de Cristo. Pablo repicando la teología del Salmo 53 nos enseña:

«No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.» (Ro 3.10-12, RVR60)

Ante esta condición de imposibilidad emerge la bondad de Dios: «siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Ro 3.24, RVR60). Este es el núcleo del modelo misional de Pablo: la justificación por la fe de Jesucristo que alcanza a todas las naciones.

            Queda claro que la acción emancipadora de Jesús permite que sirvamos en este mundo de una manera única: «en Espíritu y en Verdad». Esta condición existencial de la identidad cristiana nunca podrá ser clonada por quienes viven ajenos a la noticia de Dios ni por quienes buscan su propia autogratificación. Sólo es a través de la obra de Cristo y la fuerza del Espíritu Santo que se puede anunciar al mundo el amor eterno del Dios Padre-Madre. Es mi anhelo que en la actualidad las comunidades al hacer referencia a la realización de la misión digan de la iglesia, al igual que ocurrió en Tesalónica, «Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá» (Hch 17.6b). Lamentablemente hay lugares en donde como seguidores del Resucitado no hemos podido llegar por estar ensimismados en otros asuntos eclesiales o injustificablemente no hemos querido llegar por algún motivo específico. Cuando esto último ocurre, es necesario que el Espíritu lidie con nuestros temores y nos sane de nuestros prejuicios para hacer brillar la luz a las naciones.

            La respuesta al llamado de Dios se plasma, por un lado, en la confesión del señorío de Jesucristo, por el otro, en la fuerza del Espíritu de Cristo que deliberadamente nos incita al servicio como herramienta para la consecución de la misión. Hay que resaltar que no se logra ser un buen servidor de Cristo en el mundo si primero no se es un buen discípulo. En palabras más sencillas, primero se vive bajo el impacto de la Palabra de Dios, esto es ser discípulo, y luego desde la experiencia de la fe y la vida nueva en Cristo Jesús se anuncia al mundo la alegría de la llegada del reino de Dios.

¿Qué es el servicio cristiano?

            La palabra «servicio» proviene del vocablo griego diakoneĩn de la cual se desprende diakonía (Hch 6.2, 12.25, Ro 12.7, 15.31, 1 Co 16.15, 2 Co 8.4, He 1.14, 3 Jn 1.5-6, Ap 2.19). O sea, los que sirven a las mesas. Más que un ministerio en particular es el corazón mismo de la vocación de la iglesia. Es por eso, que su entendimiento se aleja de una expresión filantrópica o un mero gesto de altruismo momentáneo. Se trata más bien de la manifestación de la fe. Juan Calvino, uno de los teólogos más importante de la Reforma Protestante, visualizó la fe como el conocimiento acerca de la bondad de Dios para con el ser humano, fundado en la obra de Jesucristo, revelada y sellada en el corazón por el poder del Espíritu Santo. (Institución de la Religión Cristiana, III, 2, 7). Por mi parte, prefiero definir la fe como «la fuerza de Dios que amarra el Santo Evangelio de Jesucristo con la vida cotidiana». En otras palabras, la misión es la materialización de lo que se cree y se vive cuyo origen está en Dios y no en nosotros. No cabe duda de que es «en Espíritu y en Verdad» porque procede del Eterno Padre. La fecundidad de Dios se hace presente en la misión, se esparce por todo el corriente sanguíneo del cuerpo de Cristo, además, desea fluir por todo el mundo. Lo que la iglesia hace es llevar a cabo la misión de Dios en los distintos contextos que ha sido plantada por medio del servicio a las mesas. La mesa principal para el servicio cristiano es el mundo. De ahí la expresión sapiencial «veo al mundo como mi parroquia» adscrita al teólogo Juan Wesley.

            Para Jesús, el anuncio de esperanza al mundo es fundamental para entender su obra. Nos dicen las Sagradas Escrituras: «Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.» (Jn 3.16-17, NTV). La misión de la iglesia consiste en un llamado escatológico que convida a celebrar el reinado de Dios. La espina dorsal del servicio cristiano no recae en un discurso condenatorio, todo lo contrario, su contenido resalta la victoria de la Esperanza sobre las fuerzas caóticas del mal. Cristo Jesús es la esperanza de Dios para el mundo. Esto lleva a la iglesia a perfumar las comunidades con la celebración de la justicia de Dios en favor de los pobres, los excluidos y los orillados por las fuerzas imperiales de la opresión y lastimados por las garras de la desigualdad.

            Deseo insistir que la misión de Dios es la única razón que justifica la existencia de la iglesia en el mundo. Ahora bien, un lector asiduo de las Escrituras se dará cuenta que en el testimonio bíblico nunca encontraremos una definición única para la palabra «misión». Además, coexisten en la Biblia una pluralidad de modelos misionales. Por mencionar algunos, tenemos el modelo misional de Isaías que hace un llamado a las naciones para que conozcan la gloria de Dios (Is 49.2, 56.6-7); por su parte Mateo invita a los seguidores del Resucitado a hacer discípulos bajo la promesa de la presencia perene de Emanuel (Mt 1.23, 28.19-20); mientras Lucas nos insta a celebrar junto a los pobres y excluidos la llegada del año jubilar de Dios (Lc 1.52-53, 4.18-19); para Juan la misión implica el ser enviados por Jesús y de parte Dios cuyo soplo nos llena de la autoridad del Paracletos (Jn 20.21-23); Pablo, va por las ciudades del imperio con el interés de anunciar el cumplimiento de los tiempos y la formación de la nueva comunidad escatológica por medio de la resurrección de Cristo Jesús (1 Co 11.26; 2 Co 4.7-15; Ro 5, 8.11-17, 15.7-13). Así pudiéramos recodar los modelos misionales de Santiago, Pedro y hasta de la iglesia perseguida a la que le fue dada el Apocalipsis, pero por falta de espacio no lo haremos. Ahora bien, sin importar cuál de los modelos se prefiere lo que motiva su realización es la obediencia a la Palabra de Dios.

Nosotros no, nosotros sí

            La manifestación del servicio puede ser entendida desde dos planos diferentes. Podemos ver las acciones humanas desde las personas que han decidido vivir ajenos a la gracia de Dios o desde la experiencia de transformación que es la nueva vida en Cristo. No hay que ser un erudito para reconocer que el ser humano sin Cristo sirve a los demás desde su propio vacío, desde su propia fragilidad y desde su propia existencia inconclusa. Así que la motivación de ayudar a sus contemporáneos halla fundamento en un piso arenoso. Esta realidad ontológica le condena a tener que contentarse y contentar a su vecino con acciones sociales que quedan limitadas por su propia fragilidad. De ahí la triste idea que lleva a ese ser “humano roto” a pensar que las acciones de solidaridad que ejecuta quedan anudadas a sus esfuerzos. Así que siente tener el poder de iniciar el desarrollo de actividades de servicio y ponerle fin cuando sea necesario. Simplemente, el servicio a los demás se amarra a sus caprichos y límites.

          Ahora bien, si miramos desde el espejo de la nueva vida en Cristo, el camino, las aspiraciones y definiciones serán totalmente distintas. Desde los lentes de Dios, el hombre y la mujer encuentran, precisamente, llenura, fortaleza y conclusión a su quebranto existencial. Esto gracias al amor del Señor. En Cristo estamos completo. Él y sólo Él es la conclusión a nuestro dilema existencial. Este es el motivo que lleva a Pablo a enseñar que por la justicia de Cristo los seres humanos hemos recibido la justificación de vida. (Ro 5.16-21). De modo que «un solo acto de justicia de Cristo trae una relación correcta con Dios y vida nueva para todos.» (Ro 5.18, NTV). Encontrarnos a través de los ojos de Jesús y vivir para él es la verdadera conversión. Así se hace realidad la amonestación de Pablo, que llama a permitir «que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta.» (Ro 12.2, NTV).

          El producto de este dulce encuentro nos lleva a examinarnos a través de la óptica divina para que logremos comprender que la misión e interacción con el mundo es parte indisoluble de nuestra relación con el Creador. Mal entender las Escrituras mirando al mundo con menosprecio nos aleja de la declaración teológica que los serafines recitan en la corte celeste en la visión de Isaías: «¡Santo, Santo, Santo es el Señor de los Ejércitos Celestiales! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!». (Is 6.3, NTV). Lo que no debemos imitar del mundo son las conductas de muertes y prácticas alienantes que mancillan la dignidad humana, ya que son antagónicas al reino de Dios.

          Déjenme aclarar algo con cuidado, nuestra misión no es hacer prosélitos, sino que el mundo conozca a Dios por medio del testimonio de la iglesia y siendo bien discipulados aprendan «adorar al Padre en Espíritu y en Verdad». Aquí adorar no es un mero ejercicio litúrgico sino una experiencia educativa inspirada en las Sagradas Escrituras cuyo objetivo es aprender a vivir en Dios. Más sencillo, la misión cristiana debe ir dirigida a que el ser humano experimente el gozo de la nueva vida en Cristo Jesús. Nunca hay que olvidar que la misión desemboca en Dios no en la iglesia. La iglesia es un vehículo útil, pero el combustible y el motor de la misión es el Espíritu de Dios.

          Esta relación trasciende a los caprichos de la voluntad humana. La nueva vida en Cristo rompe con el egoísmo y nos transporta a una nueva dimensión impregnada por la justicia de Dios. De ahí el subtítulo de esta sección «Nosotros no, nosotros sí». He aquí la paradoja y la contradicción. Ya sea que nos encontremos frente a la zarza que no se consume, o respondamos desde la corte celeste como el vidente en Isaías, o seamos llamados desde el vientre maternal como Jeremías y Pablo, o seamos convocados desde el palacio para salvar al pueblo del odio racial como Ester o simplemente nos saquen de los valles de Belén junto a David o de entre higos en la tierra de Tecoa como Amós, siempre nos toparemos con nuestra propia fragilidad, dolor y dilemas. Pero irónicamente, esas serán las herramientas que Dios utilizará para la expansión de la misión, que de acuerdo con el modelo lucano debe llegar: «hasta lo último de la tierra» (Hch 1.8b). Pablo comenta:

«Es por esto que me deleito en mis debilidades, y en los insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12:10).

Al tratar esta paradoja Henri J. N. Nouwen nos alienta a entender:

«Porque un conocimiento profundo de su propio dolor [hablando de nosotros como servidores] le permite convertir su debilidad en fuerza y ofrecer su propia experiencia como fuente de curación para los que, a menudo, están perdidos en la oscuridad de su propio sufrimiento incomprendido.» (El sanador herido. España: Editorial PPC, 2001), 106.

A pesar de nuestras fragilidades seguimos siendo convocados al servicio. Este no encuentra otra plataforma que no sea la fuerza del Evangelio de Jesucristo en nuestras vidas. Así que es nuestra responsabilidad buscar vías creativas que catapulten las buenas de salvación por todo el planeta.

Al servicio de la Palabra

          Nosotros, los seguidores del testimonio apostólico de la resurrección de Jesús, quedamos indisolublemente ligados al servicio de la Palabra por medio de la obediencia. Esta Palabra, del sustantivo griego lógos, es la presencia misma de Dios en la vida de la iglesia para sanar y transformar al mundo con su exquisita paz. Lucas narra la manera en que Juan y Pedro pasando por una de las puertas del Templo, fueron detenidos por un hombre que pidió una limosna. En respuesta a la solicitud, Pedro le miró con detenimiento diciendo «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.» (Hch 3.6). En este pasaje el Verbo se hace solidaridad con el pobre. Más que un milagro de sanación al pie del santuario hay una declaración de solidaridad que se traduce en compasión por los desposeídos e ignorados por las estructuras sociopolíticas y culturales. No hay que esconder que Jesús lleva en su cuerpo las marcas de la solidaridad e invita a sus seguidores a caminar con el que sufre, a ser voz de los silenciados, a proclamar el año del jubileo con el poder del Espíritu Santo. Esto, implica sufrir y caminar con el pueblo. Sentados es difícil, parafraseando al poeta español Antonio Machado, «volver la vista atrás y ver la senda que nunca se ha de volver a pisar». Desde la lejanía y la indiferencia no se construye reino de Dios. Sencillamente no se sirve. Por otra parte, desamarrado del Espíritu de Verdad nada se logrará. Advierte Jesús: «separados de mí, no pueden hacer nada». (Jn 15.5b, NTV). De ahí que quedamos ligados al servicio de la Palabra Encarnada.

            A menudo me encuentro en la iglesia dos grupos que en ocasiones chocan y antagonizan mientras intentan realizar la misión. Uno lo veo insistentemente solicitando hacer enramadas en el monte de la transfiguración mientras resisten bajar de las alturas servicio cristianopara estar con el pueblo; el otro, lo veo sudoroso trabajando afanosamente entre el pueblo sin subir al monte en donde se escucha la voz de Dios. Los dos no son excluyentes, ambos grupos pretenden seguir una estrategia coherente a la Palabra de Dios. Lo triste es que ambos solo comprenden una parte del llamado que hace el reino predicado por Jesús. Es por eso, que en ocasiones la iglesia fracasa en su misión y hasta es vista con desconfianza en las comunidades. El mártir argentino Enrique Ángel Angelelli, obispo de La Rioja, nos enseña que el modelo para el servicio de Cristo al mundo «tiene que tener un oído en el pueblo y otro en el Evangelio». Como Moisés hay que saber cuándo subir al monte para ser arropados por el Espíritu de Dios mientras les comunicamos al Señor el dolor del pueblo. Pero, hay que bajar para ser esperanza en medio del quebranto que marca los caminos a los que han sido expuestos injustamente nuestra gente. Subir al monte y bajar al pueblo es parte de la tensión a la que constantemente se expone todo seguidor y seguidora del Resucitado.

          El quedar ligados al servicio de la Palabra también es un asunto pedagógico. Comprender la amplitud de la vocación profética de la iglesia en la actualidad es vital. Esta vocación nos obliga a mirar al pueblo con compasión. Me entristece cuando miro por las ventanas a un pueblo que sufre porque «son como ovejas que no tienen pastor» (Mr 6.34; 8.2). Lamentablemente esta condición los lleva a no saber cómo canalizar sus frustraciones y soledades. Esto nos obliga a mirarnos y remirarnos una y otra vez bajo el lente de la Palabra Encarnada para reencontrarnos con el Dios que nos llama a la transformación de las comunidades por medio de su justicia.

La misión al estilo de Jesús de Nazaret

          Como hemos reiterado insistentemente a lo largo de este artículo, la misión cristiana se descubre en el servicio. El proyecto de Dios se logra humanizando al hombre y a la mujer. No es haciéndolos divinos como otras prácticas religiosas enseñan o como escucho desde algunos pulpitos. Eso no es lo que significa en «en Espíritu y en Verdad». Lo que nos distingue de otras expresiones religiosas es que afirmamos el milagro de la encarnación por medio de la «kenosis» o vaciamiento de Cristo Jesús (Fl 2.5-11). Esto significa que Dios se hizo uno con el dolor de su pueblo. En lugar de mirarnos con indiferencia nos ofreció su amor, su solidaridad y su servicio por medio de Jesús. Esto nos lleva a entender que el servicio de la iglesia es uno encarnacional. Esto es, que caminar, vivir y celebrar la presencia del Resucitado con y junto al pueblo. El producto debe ser el rechazo de los modelos misionales basados en el neo coloniaje religioso que lastiman a nuestras comunidades imponiendo dogmas y cargas innecesarias. Simplemente, emulemos a Jesús de Nazaret y sirvamos en «Espíritu y en verdad». Lo demás lo hará el Señor para su gloria.

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