Educación que afirma la soberanía de Dios

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EDUCACIÓN QUE AFIRMA LA SOBERANÍA DE DIOS

Dr. Juan R. Mejías Ortiz

Pastor ICDC Río Arriba Saliente

 Así dice Jehová, Rey de Israel y su Redentor, Jehová de  los ejércitos: Yo soy el primero y yo soy el último, y fuera de mí  no hay Dios. Isaías 44:6

          La educación cristiana es el instrumento esencial que posee la Iglesia del siglo XXI para el adelanto de su tarea kerigmática y pedagógica. Es por medio de la instrucción catequista que se instruye a las nuevas generaciones acerca de la revelación de amor del Dios Trino, el valor de la primacía de las Sagradas Escrituras y el depósito de la fe que agrupa las doctrinas fundamentales que se profesan y las enseñanzas éticas sobre las que se edifica todo el andamiaje religioso. Una de las enseñanzas principales de la Iglesia, y tema generador para la educación cristiana, es la soberanía de Dios.

          El concepto doctrinal de la soberanía de Dios es un asunto cardinal en el pensamiento religioso hebreo, en el judaísmo y en la iglesia cristiana. Esta doctrina sostiene que la soberanía divina es el atributo por el cual Dios gobierna sobre toda la creación, la humanidad y su quehacer histórico. En un relato particular del libro del profeta Daniel, las Sagradas Escrituras narran que en un momento de crisis personal el monarca de Babilonia, Nabucodonosor el Grande (630-562 aEC), levantó su mirada al cielo para exclamar con vehemencia “bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? (Dn 4:34b-35). De este modo, no solamente Israel atesora la doctrina de la soberanía del Señor sino que aún los extranjeros y los que participan de otras expresiones religiosas son interpelados a reconocer este atributo de la Deidad.

          El pasaje bíblico nos enseña que el ser humano, al visualizarse así mismo y contemplar cuanto le rodea, descubre que el hecho de existir, y a su vez, la capacidad de relacionarse con la Deidad, alcanza su realización por conducto de la soberanía divina. Así cada evento natural, histórico, social, psicológico, ontológico es comprendido desde el crisol de la soberanía de Dios. Esto se sintetiza en las palabras del reformador francés Juan Calvino al exponer, “la voluntad de Dios es la causa primera y dueña de todas las cosas, porque nada se hace sino por su mandato o permisión”[1] (1, XVI, 8). En sus tratados teológicos, Calvino comprende el tema como la capacidad que tiene la Deidad para gobernar cuanto existe, aludiendo a que nada es efecto del azar sino que todo está sometido a su eterna providencia. De la misma manera, sostuvo que una vez efectuada la creación por medio del poder de su Santa Palabra, todo está sujeto a su gobierno y sustentabilidad.

 

La soberanía de Dios en las Sagradas Escrituras

          Un recorrido por las páginas de la Biblia evidencia que el argumento teológico de la soberanía de Dios se constituye en tema principal. Se comprende la idea de la soberanía de Dios como parte indisoluble del conjunto de atributos que le caracterizan[2]. Se dice que Dios es soberano porque se reconoce Su eternidad (Isaías 41:4 y Apocalipsis 1:8), Su poder (Génesis 17:1), Su santidad (Levítico 19:2, Isaías 57:15 y 1 Pedro 1:16), Su justicia (Salmo 11:7 y Salmo 119:137), Su misericordia (Deuteronomio 5:10), Su amor (1 Juan 4:7-9), Su omnisciencia (Salmo 139:1-4), Su inmutabilidad (Malaquías 3:6 y Santiago 1:17), entre distinciones de su naturaleza. Dicho de otra manera, cae dentro de la imposibilidad el argumentar a favor de la soberanía de Dios y obviar sus demás atributos. Por ejemplo, si a Dios le faltase un pequeño conocimiento por saber dejaría de ser soberano. De la misma manera, si no es eterno, su soberanía dejará de existir en algún momento y así sucesivamente. La soberanía divina es entendida dentro del reconocimiento de una amplitud de atributos que le han sido revelados al ser humano. Uno de los padres capadocios del siglo IV, Gregorio de Nisa[3] al tratar la unicidad de los atributos divinos sostiene

 “no es lógico pretender que en los acontecimientos se manifieste alguno de los atributos de Dios y en cambio otros no. Efectivamente, ninguno de esos excelsos nombres constituye en absoluto de por sí, separado de los demás, una virtud aislada.”

          Dios, en su soberanía, se da a conocer al ser humano. San Pablo escribiendo a la iglesia en Éfeso escribe Él nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, de reunir todas las cosas en Cristo (Efesios 1:9-10a). Ampliemos nuestro marco de análisis. Esta vez, el punto de partida es la aceptación de la imposibilidad del ser humano por definir a la Deidad. A diferencia de los dioses de la antigüedad, creados por el imaginario pre-científico y por los dotes artísticos humanos, el Dios de la fe abrahámica no posee imagen alguna e incluso las prohíbe (Éxodo 20:4-6). Aún más, el simple hecho del reconocimiento de la soberanía del Señor desvanece toda pretensión religiosa que afirme la existencia de otras divinidades (Isaías 44:6). A través de todas sus páginas, la Biblia establece dos axiomas fundamentales: la ininteligibilidad total de Dios por parte de la mente humana y la posibilidad de conocer a Dios por medio de su Santo Hijo Cristo Jesús (San Juan 13:20, 14:7). Las Escrituras nos dicen:

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el verdadero Dios y la vida eterna.  (1 Juan 5:20)

          Lo que el ser humano sabe acerca de Dios se limita a su revelación. Es la Deidad quien decide revelarse progresivamente a través de la historia. Es por ello, que la construcción del pensamiento teológico es entendida en el contexto de la revelación. En otras palabras, sin la iniciativa divina de la revelación de su Persona fuese imposible el desarrollo del pensamiento teológico (Efesios 1:9-10).

          Dios revela su soberanía al ser humano desde el mismo comienzo de la creación (Génesis 1:1, Salmo 33:6, Romanos 1:19-20). Las Sagradas Escrituras, en el orden canónico, inicia la reflexión acerca de la manifestación de la soberanía divina aludiendo a que su Espíritu se movía sobre la faz del caos, resaltando su señorío sobre el universo. Una vez la Deidad decide emplear la autoridad de su Palabra surge la vida. Así se revela como el Creador Todopoderoso. Los relatos bíblicos de la creación son reflexiones teológicas que apuntan al reconocimiento de la supremacía del señorío de Dios. Esta tesis sigue germinando a través de todo el pensamiento bíblico, las Sagradas Escrituras atestiguan:

Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos; y todo el ejército de ellos, por el aliento de su boca. Él junta como montón las aguas del mar; él pone en depósitos los abismos. (Salmo 33:6-7)

Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. (Salmo 19:1)

Mi mano fundó también la tierra; mi mano derecha midió los cielos con el palmo. Al llamarlos yo, comparecieron juntos. (Isaías 48:13)

          Por el poder de Su Palabra crea la vida y la sostiene (Colosenses 1:16-17). En la carta a los Efesios, el redactor paulino proclama en él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11).

          La doctrina de la soberanía divina plantea que Dios se manifiesta tanto en la creación como en la historia humana. Por ejemplo, la narración del llamamiento a Abraham pone de manifiesto la intervención de Dios en la historia. El Dios del patriarca promete revelarse y actuar con prontitud en la generación de su hijo Isaac y su descendencia (Génesis 17:7). De generación en generación, el ser humano experimentará la intervención divina en su quehacer histórico-social. Así evoca el señorío de Dios y la permanencia de su reino sobre la humanidad por todas las generaciones.

La soberanía de Dios en la catolicidad doctrinal de la Iglesia

          El catolicismo[4] doctrinal de la Iglesia enseña acerca de este rasgo de la naturaleza divina. El credo niceno constantinopolitano (381 EC) en su primera declaración sostiene “creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible”. El término Todopoderoso, en latín omnipoténtem o su equivalente en griego Παντοκράτορα se emplea para recalcar la doctrina cristiana acerca del poder de Dios para gobernar sobre todas las cosas. En este símbolo de la fe cristiana católica resalta la afirmación de la soberanía divina.

          No obstante, esta doctrina en sí misma pone al descubierto preguntas que requieren respuestas apropiadas: ¿Cómo explicar la existencia del mal, del pecado y de la muerte?, ¿Por qué Dios permite que el ser humano sufra?, ¿Por qué sí Dios es soberano no hace que todos los seres reconozcan su señorío?

          Al tratar estas preguntas le invito a remontarse hasta el siglo V de la era común para analizar algunas de las respuestas desarrolladas por San Agustín. Las corrientes filosóficas de esa época, como lo fueron el gnosticismo y el maniqueísmo, resolvían este dilema argumentando la existencia de dos principios eternos y contrarios: uno que funda el bien y la luz y otro que se señorea sobre la maldad y las tinieblas. Al descartar estas explicaciones por contradecir el principio fundamental del monoteísmo judeocristiano, que rechaza la aceptación de cualquier otra divinidad, el obispo de Hipona encuentra contestaciones acertadas en su doctrina del libre albedrío.

          En su libro Confesiones, reflexiona acerca de las dificultades que enfrentó en su juventud, consecuencia de la vida desorbitada que llevaba antes de la experiencia de conversión a la fe cristiana, para descubrir que la vida gobernada por las pasiones sitúa al ser humano lejos del bien y lo hace incurrir en acciones pecaminosas contra sí mismo y contra sus semejantes. Insiste Agustín, que el mal no es una naturaleza, no es algo creado, más bien es producto del alejamiento del ser humano del bien y de la caridad.

          Para San Agustín el origen del mal no recae en Dios. La existencia del mal, por ende sus consecuencias como el pecado y la muerte, no se encuentran en Dios sino en el ser humano quien decide actuar en oposición a la vida recta decretada por Él. La teología agustiniana, y más tarde la reformada, sostiene que en su soberanía Dios le ha otorgado al ser humano el don de la racionalidad y del libre albedrío. Con este último, posee la capacidad de acercarse más a la Deidad, sin embargo opta por tomar la ruta contraria; es decir, de inclinarse por la maldad[5].

          Tal inclinación le ha situado en un callejón sin salida que imposibilita la recuperación de su estado original al ser creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-27). El apóstol Pablo argumenta que por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Ante tal dilema, Dios decide intervenir en favor de su creación. De esta manera, el Dios soberano también se da conocer como el Dios salvador. El tema teológico central del pensamiento reformador recae en su énfasis soteriológico fundamentado en la obra de Cristo Jesús. Este pensamiento sostiene que ante la aceptación de la incapacidad humana por alcanzar la salvación, Dios en su soberanía provee el vínculo necesario para el cumplimiento soteriológico. El plan de salvación de Dios encuentra su máxima realización en la persona de Jesucristo.

La soberanía de Dios plasmada en la obra de Jesucristo

          En su soberanía Dios le devuelve al ser humano la posibilidad de reencontrarse con su santo amor y obtener el perdón de pecado. Así la obra de Jesucristo tiene pertinencia en la relación del ser humano con Dios, consigo mismo y con su prójimo. Por la gracia divina obtiene la redención y el perdón de los pecados, volviendo a restablecer la posibilidad de acercarse libremente al Señor. La obra de Jesucristo como mediador y establecedor de un nuevo pacto en su sangre (Hebreos 13:12 y Apocalipsis 1:5) atiende la incapacidad humana de restablecer su condición originaria. Se canta en el libro del Apocalipsis:

Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación.  (Apocalipsis 5:9)

          La esencia del mensaje del Evangelio es la proclamación del acercamiento del reino de cielos en la persona de su Santo Hijo Jesucristo, cuya obediencia en la cruz le brinda al ser humano el don de la salvación.

 Siendo justificados y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con miras a manifestar en este tiempo su  justicia, a fin de que él sea el justo y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (Romanos 3: 24-26)

En otras palabras, Dios en su soberanía opta por entregar en sacrificio a Su Unigénito para que todo aquel que crea en él le siga y no se pierda en su propia concupiscencia, sino que alcance vida eterna (San Juan 3:16). Así surge una nueva humanidad, regenerada en Cristo, con una nueva experiencia salvífica en Dios para el goce de la vida eterna. Gracias al Dios soberano, quien actúa en favor de la humanidad, el ser humano obtiene la salvación a través de la manifestación plena del amor divino en Cristo Jesús, nuestro Señor.Esto es la gracia de Dios. Así, pues, no hay nada que hacer para la salvación, Cristo ya lo hizo. Por eso es un regalo incalculable de Dios.

          No obstante, queda en el ser humano aceptar el don de la salvación. La libertad humana siempre debe ser entendida desde la soberanía divina. A Dios le place, en su eterna soberanía, que el ser humano conserve el don del libre albedrío que le permite elegir por aceptar el regalo de vida ofrecido en Cristo Jesús o decidir por vivir en su lejanía. De igual manera, Dios, en su santa soberanía, desea que todos sean salvos de la ira venidera (1 Tesalonicenses 1:10) y experimenten su eterno amor y gran misericordia.  Así el sacrificio de Jesucristo viene a consumar la acción de Dios en favor de todos.

Epilogo

          Es objeto de la educación cristiana la transmisión de las enseñanzas esenciales de la Iglesia universal a las nuevas generaciones. Tratar con los catecúmenos temas teológicos claves que fomenta el estudio del bagaje doctrinal del cristianismo les ayuda a sostener un entendimiento claro y diáfano acerca de la fe que profesan. Esta acción disipa el ruido ensordecedor que producen las hermenéuticas que lastiman al ser humano. Un cristiano capaz de entender y explicar su fe se ubica en un sitial preferencial que le ayuda a no divagar y permanecer en ella en tiempos convulsos y sofocantes como los nuestros.

          Es por ello, la importancia de estudiar temas profundos como lo es la soberanía de Dios. Si el lente de la educación cristiana se desenfoca y su mirilla es fijada en asuntos triviales o poco relevantes para la vida de los educandos se vuelve caduca y parte de un problema mayor. Por el contrario, procesos educativos centrados en la tarea indelegable de discipular a los seguidores del movimiento de Jesús, en cuanto a sus palabras y afirmaciones, forjan el surgimiento de creyentes firmes en su identidad. De ahí el fin de este artículo. En los próximos artículos se trataran otros atributos del Señor objeto de estudio de la educación cristiana.


[1] Juan Calvino, Del conocimiento de Dios en cuanto es Creador y Supremo Gobernador de todo el mundo. Institución de la religión cristiana, Libro I (Países Bajos: Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1994).

[2] A.W. Tozer, El conocimiento del Dios Santo (Florida, EUA: Editorial Vida, 1996).

[3] Gregorio de Nisa, La Gran Catequesis (Madrid, España: Biblioteca de patrística, Editorial Ciudad Nueva, 1994), 105.

[4] El término católico y sus derivados son utilizados en este artículo para afirmar la aceptación universal de las enseñanzas o creencias de la Iglesia cristiana de todos los tiempos.

[5] San Agustín, Obras Completas. Tratado sobre la gracia (España: Biblioteca de Autores Cristianos, 1993).

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