Pastor Dr. Juan R. Mejías Ortiz
Dr. Juan R. Mejías Ortiz
Introducción
El propósito principal de la educación cristiana es la formación de la persona a la luz de los valores del Evangelio de Jesucristo. En otras palabras, a la educación cristiana le ocupa la comunicación efectiva de las riquezas del Evangelio. De este modo, los procesos formativos quedan indisolublemente amarrados a la misión de la Iglesia. Esto significa que una educación cristiana auténtica debe ser mirada, entendida y valorada desde su relación con la misión de la Iglesia. Como le he comunicado a mis estudiantes a lo largo de mi peregrinar educativo, cuando hablamos de educación cristiana nos referimos a un proceso que va más allá de la escuela bíblica. La educación cristiana se relaciona con todo lo que la Iglesia hace para el logro de su misión. Al finalizar el evangelio de Mateo, Jesús ordenó “vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes.” (Mt 28.19-20a, NVI). La misión cristiana está más enfocada en la formación integral del creyente que en conseguir adeptos para una congregación.
Tradicionalmente las personas piensan en la educación cristiana como una actividad que solo le compete a los maestros y a las maestras de una congregación. Este entendimiento no solo limita la comprensión de la vocación educativa de la Iglesia, sino que crea un elitismo eclesial que obstaculiza todo el potencial formativo en una congregación. Insisto, la formación bíblica y teológica no es un asunto exclusivo del cuerpo pastoral sino de todo discípulo de Jesucristo. El reto que tenemos de frente es cómo fomentar procesos educativos cónsonos con el llamado y la vocación de seguir a Cristo. Claro está, esto lo debemos hacer evitando caer en la tentación de descartar un análisis de los desafíos que nos replantea el mundo actual.
Cristo Jesús fuente de vida revelada en las Sagradas Escrituras
La constante en el mundo postmoderno es la prisa. Por ende, el tiempo dedicado al aprendizaje auténtico se ha acortado. Por ejemplo, para muchos cibernautas los minutos parecen una eternidad. Hoy por hoy todo tiene que ser rápido, conciso y directo. Lamentablemente al interior del ámbito eclesial ocurre exactamente lo mismo. Aunque este asunto es un desafío que debemos atender de manera creativa e ingeniosa, desde mi perspectiva estamos experimentando un declive en el estudio de las Sagradas Escrituras. Esto trae al escenario una serie de malformaciones bíblicas. Basta con ver las decenas de miles de sermones, predicaciones y estudios bíblicos difundidos en las redes sociales para darse cuenta de que la formación bíblica y teológica responsable está en crisis.
Miremos con un poco de atención el asunto del tiempo dedicado al estudio de las Escrituras. Como punto de partida deben resonar en nuestros oídos la declaración del salmista “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” (Sal 119.105). No está por demás decir que el estudio responsable de las Sagradas Escrituras es fundamental para el crecimiento y la formación del creyente. Jesús en debate con el liderato judío expresó “Ustedes estudiancon diligencia las Escrituras [hebreas] porque piensan que en ellas hallan la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio en mi favor! Sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener esa vida. (Jn 5.39-40, NVI). El reformador alemán Martín Lutero sostenía que la Biblia era palabra de Dios ya que nos presenta el evangelio de Jesucristo. El estudio de las Sagradas Escrituras es esencial en la formación de todo creyente. Ahora bien, debemos señalar sin titubeo alguno, que el principio cardinal en la formación bíblica y teológica es entender y reconocer que Dios le ofrece vida a su pueblo por medio de la Palabra Encarnada que es Cristo Jesús. No existe otro fundamento en nuestra fe, solo Cristo Jesús. De labios de Juan el Bautista, expresado en el cuarto evangelio, aprendimos a reconocer a Jesús como “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1.29). Aún más, la comunidad del discípulo amado confiesa que Jesús, el Cristo, es la Palabra preexistente de Dios, y que sólo en él se encuentra la vida plena y la luz de los seres humanos (Jn 1.1-4). De esta manera el norte de la educación cristiana es fomentar el encuentro transformador que sólo es posible mediante la Palabra Encarnada, Cristo el Señor.
Para conocer esta verdad revelada es necesario la implementación de programas educativos que atiendan al menos los siguientes dos puntos: (1) la continua desvalorización del estudio de la palabra; y (2) la superación de los procesos educativos mecánicos y rutinarios. El primero nos invita a crear conciencia de lo que significa el estudio de la Biblia. La Palabra de Dios es fuente de firmeza para la fe cristiana. Sus enseñanzas, promesas y afirmaciones le brindan al lector y a la lectora las herramientas necesarias para hacer frente a los desafíos y a las fuerzas que se oponen al reino de Dios (el anti-reino). Aprender a discernir las Escrituras desde la ética del reino de los cielos es un asunto apremiante. El discernir nos ubica de frente al espejo de los procesos de aprendizajes emancipadores. Es decir, el estudio responsable de las Sagradas Escrituras nos pone cara a cara ante el mensaje profético de Jesús de Nazaret. Este mensaje se sostiene, por un lado, en el llamado a refugiarse en la ternura de Dios. Por otro, nos insta a la adopción de la ética del cuidado como un asunto medular en las relaciones interpersonales.
Como hemos mencionado, la función pedagógica de la Iglesia debe poner atención en la adopción de procesos educativos que fomenten el crecimiento integral del creyente. Esto nos devuelve al segundo punto aquí identificado, la superación de los procesos educativos mecánicos y rutinarios. En pocas palabras, esto significa un escenario educativo que motive al estudiante a pensar su fe desde el lente del mensaje liberador de Jesús. La rutina es la manera más efectiva que tiene la iglesia para claudicar en el logro de su misión. Hoy por hoy, recordando las palabras de Paulo Freire, necesitamos de una pedagogía que fomente la creatividad, la contextualización y la dialogicidad. En síntesis, esto significa el desarrollo de las potencialidades del estudiante, una educación ligada a las experiencias tangibles y cotidianas del estudiante, y un ambiente de libertad en el cual el alumno y la alumna puedan expresar sus preguntas, compartir sus inquietudes y conclusiones.
A modo de conclusión
Hoy más que nunca estamos ante la necesidad de revisitar nuestros proyectos educativos eclesiales para edificar una educación teológica de calidad que responda a las necesidades de los feligreses, de la iglesia y de nuestras comunidades. Deseamos que germine una educación bíblica y teológica transformadora capaz de provocar el crecimiento saludable y el fortalecimiento de la fe cristiana por medio de procesos educativos en sintonía con el mensaje liberador predicado por Jesús de Nazaret. Sin lugar a duda, con el logro de esta aspiración los feligreses adquirirán las herramientas intelectuales, emocionales, sociales y espirituales necesarias para vivir la alegría del reino de Dios en comunidad, y así enfrentar con gallardía los desafíos del mundo actual.