En Desfavor de la Pedagogía de la Indiferencia

En Desfavor de la Pedagogía de la Indiferencia

Dr. Juan R. Mejías Ortiz

          La centralidad del mensaje de Jesús de Nazaret atestigua la inminente llega del reino de Dios. La pedagogía del reino de los cielos rechaza la inhumanidad de la sociedad. Los valores del reino predicado por el Campesino de Galilea acentúan en la responsabilidad social que encausa la paz personal y colectiva, que a su vez produce el bienestar social. Estos valores penetran todos los espacios de la comunidad de creyentes, brindando orientación a los procesos de reflexión-acción eclesial, además, descertifican las actitudes que problematizan las relaciones humanas y promueven la inequidad. Indudablemente la pedagogía del reino de Dios conduce a desfavorecer el valor cardinal que privilegia la pedagogía de la indiferencia.

          La sociedad contemporánea ha caído presa de la pedagogía de la indiferencia. Actualmente las aspiraciones sociales son sesgadas por el individualismo y la indiferencia. La pedagogía de la indiferencia, que privilegia el culto a la persona a expensas de la caridad fraternal, asecha ferozmente a las aspiraciones colectivas de la sociedad. Cada vez más se infiltra por las entrañas sociales el espíritu individualista que empaña los esfuerzos que mantienen vigente el ideal superior del bienestar común. Consecuentemente, se celebran con gran empeño las gestas personales de artistas, empresarios, políticos y deportistas, cuyas hazañas individuales sustraen la admiración de una población educada únicamente al éxito individual. En seguida son merecedores de calificativos sociales que proyectan su aparente superioridad sobre los demás. Así, pues, son reconocidos como héroes, heroínas, reyes, divas, astros, luminarias, genios, leyendas o algunas otras ocurrencias mediáticas. Estos “modelos de admiración” captan la atención de los principales medios de comunicación que pagan grandes sumas de dinero por comunicar a las masas los gustos, los escándalos y los estilos de vida de las figuras en boga. Estos, además, se transforman en los rostros de las grandes cadenas multinacionales que usan la fugacidad de la fama alcanzada para aunar mayor capital a sus bolsillos. Una vez transcurrido el encanto mediático, simplemente son desechados para permitir el desfile por la alfombra roja de la nueva sensación del momento.

          La juventud, ante tal glamur, se ve forzada a construir en sus mentes todo un mundo ilusorio que les conduzca a imaginar el advenimiento de su deseado éxito. Bajo esas circunstancias, las personas que desean transitar por estas veredas, orientan todas sus energías y capacidades al alcance del logro individual, en ocasiones, viéndose forjados a rescindir del compromiso social que obliga a la atención y al cuidado del más cercano. Notres monos es de extrañar que la ideología del “éxito a cualquier precio” sigilosamente vaya promoviendo los bienes de la pedagogía de la indiferencia. Así se va dando la colonización de las voluntades personales que orilla el llamado divino al trabajo caritativo con los pobres, con los más desvalidos, quienes quedan atrapados en el laberinto de la frustración, víctimas de la enajenación social causada por el afluente postmoderno que deja sentado en el camino de la marginación a quienes no pueden avanzar en la actual aceleración del cambio social, político, económico y tecnológico.

          El teólogo alemán Jürgen Moltmann, exponiendo acerca del Dios reconciliador y liberador, destaca que la vida de la humanidad es amenazada constantemente por los poderes de la división y la dominación. Inconsecuente con la dominación que empobrece al mundo, Dios invita a la reconciliación que libera. La reconciliación de Dios en Cristo se ocupa de nuestra relación con él (2 Cor. 5:17-21), pero, también nos impulsa a la caridad que vincula la paz entre los seres humanos (Col 1:20). Sin la responsabilidad de la caridad se correría el riesgo de la inhumanidad. Para Moltmann, “inhumano es el hombre [ser humano] que abandona su humanidad y se constituye en un dios orgulloso y desesperado ante sí mismo y ante su prójimo. Y tiene miedo de sí mismo y de los demás. No es capaz de amar, porque sólo se ama a sí mismo.”[1]

          Tenemos la obligación ética de saltar la pértiga del egoísmo que adentra al ser humano a un mundo sin caridad. A ello responde con ímpetu el reclamo paulino “Ámense como hermanos los unos a los otros, dándose preferencia y respetándose mutuamente” (Rom. 12:10, DHH). Ahora bien, hay que evitar que el deber de la caridad quede confinado a la dimensión contemplativa, es menester resaltar su carácter praxiológico. El papa Francisco I en una homilía dirigida en la Iglesia del Gesú en Italia hace poco más de un año invitó a los presentes a reflexionar en torno a los servicios ofrecidos a los pobres, enfatizando “La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente. La misericordia verdadera, aquella que Dios nos da y nos enseña, pide justicia, pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo.”[2]

          En contraste al alegato papal, la pedagogía de la indiferencia resalta, acuña principios didácticos que enfoca únicamente en la obtención del éxito individual en menoscabo de la circulación de toda la capacidad humana que pondera la responsabilidad ética en favor del amor fraternal, los vínculos de solidaridad y el encausamiento de la justicia social.

          El mundo académico, lugar para la reflexión y las construcciones de utópicas fecundas, no ha logrado escapar de la seducción de la pedagogía de la indiferencia. Para los estudiantes el recibir un galardón o un premio capta mayor atención que el fluir del maravilloso milagro del aprendizaje. Una mirada a los actos de otorgación de premios académicos evidencia la ansiedad por ser receptor de alguna condecoración que los distinga de sus compañeros, en lugar de la afirmación del triunfo obtenido sobre los poderes coercitivos de la ignorancia. Tal parece que aprender es sola una ganancia secundaria comparada con la veneración que causa el deseo de caminar por la pasarela con el propósito de relucir el premio conseguido. De este modo, el mundo continúa presuroso en la consumación de una sociedad cada vez más individualista, en desgaste de la afirmación constructiva comunitaria.

          Con tristeza se descubre que hemos olvidado el mandamiento del bienestar común, propio de todas las grandes religiones. Somos testigos del adelanto de una sociedad que de manera ilusoria invita a sus constituyentes a obtener triunfos individuales aun cuando involucre el olvido de las necesidades del más cercano.

          Aquí, no se aboga por el detrimento del valor de la dimensión personal en la construcción social, y mucho menos de la responsabilidad que ello implica. Es menester hacer fuerza en contra de la comprensión que niegue el espacio de los individuos en el proceso para la superación social. Lo contrario desembocaría en una incomprensión de la funcionalidad social. Las comunidades se nutren de la tensión permanente entre lo colectivo y lo personal. Este tipo de tensión social es bueno, además, encausa la responsabilidad personal, clarifica la toma de conciencia comunitaria y unifica los logros individuales a favor de un mejor mundo para todos y todas. Ahora sí, sería desastroso para los pueblos, tal y como pretende la pedagogía de la indiferencia, que el bien colectivo quede subordinado a las aspiraciones individuales desmedidas. Seguir en esa dirección acerca el peligro de una sociedad enfermiza. Lo saludable es que las aspiraciones, los esfuerzos y los logros personales se viertan en el compromiso por la construcción de una sociedad más justa.

          El individualismo egocéntrico, arma poderosa de las fuerzas capitalistas e instrumento de la pedagogía de la indiferencia, deforma las aspiraciones más nobles de la sociedad. Invito al lector a evaluar el legado de la pedagogía de la indiferencia considerando sólo algunos datos. En la actualidad, informes del Banco Mundial descubren que cada día son más los ciudadanos del planeta que viven con un sueldo básico entre $1.25 a $2.00 diarios. Peor aún, los datos evidencian que la malnutrición causada por la pobreza afecta a aproximadamente 175 millones de niños y niñas por año. Los números seguirán en ascenso ya que informes de la UNESCO estiman que en lugar de disminuir la malnutrición esta continuará creciendo, por ejemplo en el 2010 se aproximó que cerca de 90 millones de personas se sumaron a la fila de la pobreza.

          Otros informes apuntan a la desigualdad en las oportunidades para la educación.[3]Cincuenta y siete (57) millones de niños y sesenta y nueva (69) millones de adolescentes siguen sin obtener una educación primaria. Más lamentable, 774 millones de adultos continúan presos del analfabetismo, de estos dos terceras partes son mujeres. Según los nino y buitredatos de esta organización internacional, cerca de 250 millones de estudiantes, a pesar de poseer una escolaridad básica de cuatro años, no están adquiriendo las competencias básicas de lectura, escritura y aritmética. Sólo un dato adicional, proyecciones estadísticas indican que de seguir la tendencia actual, en algunos países, la alfabetización universal no se logrará hasta pasado el año 2070.

          Los índices mundiales de pobreza continúan presentando cifras alarmantes. Esta deshonra mundial contrasta con el crecimiento de las riquezas individuales de un pequeño grupo. En los Estados Unidos, la revista Forbes se ocupa de publicar anualmente el listado de las personas con mayor riqueza en el mundo.[4] Los datos presentados en la edición 2014 apuntan que a nivel mundial hay 1,645 multimillonarios, con un capital neto combinado de $6.4 trillones. Un dato más significante se descubre. En la ordenación del caudal económico personal se observa que las treinta personas más adineradas del mundo tienen un caudal ($1.08 trillones) superior a los ingresos reportados en los presupuestos anuales del 95% de los países del planeta.

          La pobreza no es una abstracción aislada de nuestros quehaceres cotidianos, la pobreza tiene rostro. En contraste, a los datos compartidos por la UNESCO y el Banco Mundial, el reino de los cielos enseñado por Jesús contrarresta el alcance de la pedagogía de la indiferencia, convocando a la vida plena en comunidad que produzca equidad de oportunidades y de educación para todos y todas. La pedagogía de la indiferencia carcome las intenciones humanitarias y antagoniza con las aspiraciones de Dios. En el proyecto de Dios, el compromiso de una cultura de paz y la erradicación de la pobreza y de las estructuras sociales y económicas que la sustentan mantienen una relación indisoluble. La predicación de Jesús nos recuerda que el robustecimiento de la vida comunitaria es un asunto de vocación social que nos atañe a todos. Para la fe cristiana las aspiraciones personales tienen valor auténtico en la realización del bien común, en la justicia social, la seguridad colectiva y la atención apropiada de la salud pública.

          Pero, ¿cómo deben responder las estructuras eclesiales que valorizan la propuesta jesuita del reino de Dios ante las seductoras propuestas de la pedagogía de la indiferencia; o quizás es, que la iglesia ha aportado al engordamiento de tales ideales? Más sencillo todavía, ¿el valor supremo eclesial del bien colectivo asentado en la afirmación de la irrupción del reino Dios en medio de los tiempos supera al poder destructivo de las garras del individualismo; o simplemente, la iglesia ha sido seducida por su fuerza? ¿A qué sociedad se enfrentaran nuestros descendientes si continúa el avance incontrolable de la indiferencia? No se necesita una mirada profunda para descubrir que las Sagradas Escrituras advierten acerca de lo discordante e inconsecuente entre la invitación a la construcción colectiva de una mejor sociedad y el ardor desmedido por el pavoneo individual.

          Nuevamente, cómo debe responder la iglesia a las propuestas de la pedagogía de la indiferencia. Simple, por medio de sus programas pedagógicos que afirman su identidad y vocación ministerial. La educación cristiana está llamada a combatir la visión equivoca del culto a la persona que encausan la indiferencia ante la necesidad del desvalido. En primer lugar, los procesos educativos propios de la iglesia imponen una ética eclesial que nos conduzca a reconocer que tenemos que ser sanados por la fuerza del Espíritu de Dios. Lamentablemente, el poder de la pedagogía de la indiferencia ha toma por asalto sectores de la iglesia que han acentuado más en el carisma individual de los líderes que en el fluir de la gracia de Dios por todo el torrente sanguíneo de la comunidad de creyentes. Resalta, en la eclesiología postmoderna, una clonación de la actitud secular. Lo distintivo es que utilizan nombres bíblicos para acentuar el valor supremo del éxito individual. Así, pues, emergen en el interior de la iglesia actual titulaciones como apóstol, salmista, levitas, profetas, profetizas, reverendo doctor, u alguna otra ocurrencia.

          Al olvido queda la tradición nuevotestamentaria que enfatiza el advenimiento del soplo del Espíritu Santo sobre la iglesia en el contexto de la unidad comunitaria (Hch 1:14, 2:1-2) y su crecimiento a través del quehacer comunitario (Hch 2:44-47, 4:32-37). ¿Cómo queda encauzada la tarea de iglesia en favor de los pobres? Es un bien de todos y de todas, y no de unos ministerios individuales que se contentan con la repartición de limosnas. Sin un compromiso radical en contra de las estructuras de poder que alimentan, por un lado la prolongación de la indiferencia, y por el otro, la misma pobreza, no se hace evangelio.

          Jesús combate abiertamente el arsenal ideológico de la pedagogía de la indiferencia. En el evangelio según Marcos, en respuesta a la disputa causada por la incomprensión de los hijos de Zabedeo acerca de la grandeza, advierte pero no será así entre ustedes. Al contrario, si alguien quiere ser importante, tendrá que servir a los demás. (Mr. 10:43, TLA). La invitación de Jesús desemboca en el trabajo colectivo concienzudo en aras de la construcción de una sociedad que afirme los valores sublimes del reino que subrayan el bien común, la igualdad social y la erradicación de las estructuras de opresión. En un aparte al final del discurso del juicio a las naciones en Mateo (Mt. 25:31-46) Jesús apunta a que la distinción entre “cabras” y “ovejas”, el recibir el galardón de sentarse a la diestra del Hijo del hombre y participar de la alegría del reino está reservado para quienes superaron el lastre de la indiferencia, afirmando en su lugar el bien común por medio de la mitigación del hambre, la saciedad de la sed, la hospitalidad, el suplido de las necesidades fundamentales y la visitación en momentos de debilidad a los menos importantes de este mundo o los más pequeños.

          Todavía más, la iglesia cristiana, la asamblea de seguidores de Jesús y reunidos en su nombre, tiene su nacimiento en la cohesión de propósitos centrado en la expectativa de la presencia de Dios en medio de la comunidad (Hch 1:14, 2:1). La unanimidad de propósitos fundamentado en la promesa de la pronta intervención divina es contestada por Dios con el soplo del Espíritu de Cristo que robustece a la iglesia para su labor misional. A su vez, llena a toda la comunidad de creyentes con la gracia divina para que nunca cesen de dar testimonio de la solidaridad de Jesucristo. Dificulto que desde la plataforma de la indiferencia eclesial advenga un soplo de Dios que transforme nuestras sociedades hispano-caribeñas. Es sencillo de entender, la llenura de Dios arrasa al vacío las pretensiones egoísta e individualista que centran la atención social en la hegemonía del éxito de algunos pocos como la llave que abre el cofre de la superación comunitaria.

          A pesar del llamado bíblico para raer del corazón de las personas, de la sociedad, y en especial de la iglesia, todo vestigio de la sombra destructora de la indiferencia, el discurso social postmoderno prevaleciente celebra la ganancia de unos pocos en desfavor de las aspiraciones colectivas que combaten la tiranía de la pobreza, la malnutrición, el analfabetismo y la desigualdad.

          ¿Significa esto el triunfo de la indiferencia sobre la acción comunitaria que subraya la solidaridad? Si fuese así, ¿Después de todo, qué sociedad hemos conseguido?, ¿Estaremos ante el devenir de una sociedad atrapa entre el éxito fugaz de un grupo selecto y la desilusión del restante?, ¿Habremos alcanzado ya el fin ulterior de la realización utópica de una sociedad más equitativa o estamos ante el peligro de adentrarnos en un laberinto que no conduce algún lugar?

          Las sociedades que prevalecen dependen radicalmente de la conjugación de los esfuerzos del colectivo, en lugar del triunfo de un exclusivo grupo de sus miembros. Quizás, la indiferencia comienza como una fuerza invencible pero su producto desnuda su fragilidad y le descubre como una ilusión. Un espejismo fácil de disipar. Es por eso, que la fe cristiana insiste en la inversión inteligente a favor de la conjugación de los esfuerzos personales a fin de la elaboración de una sociedad para todos y todas que auspicie mejores condiciones de vida, la equidad de las oportunidades y una sociedad más progresista.

          Mientras el reino no se consuma estaremos a la merced de la tentación de caer presos en los tentáculos de la pedagogía de la indiferencia. El evangelio de Mateo, al llenar el hueco marcano acerca del asunto de la tentaciones de Jesús (Mr. 1:12-13), plantea que el Maestro fue instigado en el desierto por Satanás en tres ocasiones. Casualmente en la última ocasión le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás (Mt. 4:8b-10, TRV95). La grandeza del ser humano no se encuentra en la ilusión del egoísmo individual que superficialmente gratifica la estima personal sino en el servicio deliberado que provoca el bien común. Jesús no cedió espacio ante el engaño propuesto por el éxito personal centrado en el culto a la persona. El enviado de Dios, heredero de todas las cosas, fue guiado por la intención divina de abrazar a la humanidad con profundo amor, como una sola familia. En el proyecto de Dios la afirmación principal insiste en el deseo de formar un pueblo no individuos aislados. Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios (Lv. 26:12b, TLA) (cf. Ex. 6:7a; Jr. 30:22; 32: 38, 2 Cor. 6:16).

          La eucaristía, principal celebración litúrgica cristiana, invita a la comunidad al disfrute de la conmemoración fraternal que produce la paz, el perdón y la alegría. Así, cada creyente se sienta junto a sus hermanos y hermanas para afirmar el vínculo comunitario. Ahí, se rompe con el protagonismo y la indiferencia para aproximarnos a la promesa de la celebración colectiva simbolizada por la visión juanina de la cena del Cordero con su pueblo (Apoc. 19:6-9).

          La pedagogía del reino de los cielos enseñada por Jesús nos empuja al disfrute de la vida en comunidad. La pedagogía de la indiferencia, esa individualidad capitalista que arropa a la sociedad postmoderna, queda confinada y sentencia por el valor sacramental del reino que llama a relación comunitaria saludable y a la realización de proyectos conjuntos que aniquilen las estructuras de opresión que mancillan la dignidad humana.

[1] Jürgen Moltmann, El lenguaje de la liberación (Salamanca, España: Ediciones Sígueme, 1974), 53-54.

[2] Tomado de ACI Prensa, Papa Francisco “La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente”. https://www.aciprensa.com (11 septiembre 2013).

[3] Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Informe de Seguimiento de la Educación para Todos (EPT) en el mundo 2013/4. Enseñanza y aprendizaje. Lograr la calidad para todos. (Paris, Francia: Ediciones UNESCO, 2014).

[4] Revista Forbes, The richest people on the planet 2014. Tomado de http://www.forbes.com/billionaires/

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